domingo, 20 de mayo de 2012

El Luto (II)

Saito fue el primero en romper el duelo. Estando de rodillas, apoyó las manos creando un triángulo en el suelo y apoyó su frente en el pavimento frío de mármol. Ikari salió inmediatamente de su trance e hizo lo propio. Dieron tres palmadas y repitieron la reverencia. Saito se levantó más pesada mente todavía. Su cuerpo estaba rígido al haber permanecido inmóvil durante el resto de la noche. No sabían qué hora era. Ya no importaba la manera de medir el tiempo. A partir de ahora la hora se mediría en horas de luz u horas de oscuridad. Las horas de oscuridad eran peligrosas y debían evitarse pasarlas en la calle. Las horas de luz, eran ideales para poder explorar las calles en busca de alimentos, pero primero debían asegurarse de que podían salir del edificio de un manera segura.

Saito salió al balcón a inspeccionar las calles. La ventaja de vivir en un séptimo piso, era que gozaba de una vista panorámica de toda la avenida donde ellos vivían. El problema era que el acceso a la calle era más peligroso que vivir en un primer piso, pues podrían estar rezagados algunos de los seres que los perseguían la noche anterior en alguno de los pisos, dando por supuesto que aunque el ascensor funcionase, usarlo podría transformarse en un ataúd de metal.

La avenida parecía despejada. Los campamentos que los militares habían colocado allí estaban desiertos. Quizá se ocultase alguna bestia entre las caravanas, pero podía ser un suministro de medicamentos casi inagotable. Debía llegar allí antes de que otros lo vaciasen por completo. El problema era como salir de allí. Debido a la barricada improvisada que se alzaba entre el comedor y la puerta de salida de la casa, era imposible mirar siquiera por la mirilla para ver si aquellos seres se habían dispersado o todavía acechaban pacientemente. Lo apropiado sería esperar un día más. Pero aquellos medicamentos podían ser saqueados por alguna banda de supervivientes que veían el fin del mundo como una liberación del sistema al que estaban sometidos. Al menos eso es lo que pasa en las películas de zombis.

-Padre, he tenido una idea. Quizá sea un poco arriesgada, pero creo que podría sernos útil. –Dijo Ikari interrumpiendo los pensamientos de su padre.

-¿De qué se trata? –Preguntó intrigado. Algo le decía que su hijo había estado pensando lo mismo que él.

-Podemos acceder al piso que hay aquí al lado, desde el balcón. Así podríamos ver si sus propietarios están a salvo o necesitan ayuda y también podríamos mirar por la mirilla si la escalera está despejada.

-Y supongo que querrás ser tú el que cruce de balcón a balcón con siete pisos de altura bajo tus pies. –Dijo este. La idea parecía buena. Pero tampoco podía permitirse exponer a su hijo a una caída en picado.

-Por supuesto. Puedo hacerlo sin problemas papa. Y ganaríamos mucho. Si la casa está vacía tendríamos muchas más provisiones si se diera el caso de que no podemos salir en una temporada.

-¿Y qué pasa si cuando entres te esperan allí sus inquilinos infectados? -Preguntó. Quería calibrar los pros y los contras antes de ver su aprobación.

-Es un riesgo que puedo correr. Puedo mirar por el cristal antes de entrar.

-¿Acaso piensas que esas bestias son depredadores inútiles? ¿Y si mientras registras la casa te asalta alguno desde otra habitación? Está todo muy oscuro y el tiempo no ayuda.

-Bueno, pues entonces tendremos que entrar los dos, si no confías en el ser interno de tu hijo. –Contestó de mala gana Ikari. Empezaba a incomodarle que su padre fuese tan minucioso. Era de las pocas veces que se atrevía a rechistar a su padre y a este no parecía molestarle.
Saito aguardo unos instantes pensando. Ikari estaba perfectamente preparado para enfrentarse a más de uno de esos monstruos. Si había alguno en la casa no serían un inconveniente. Él lo sujetaría con una cuerda para asegurarse de que su hijo pasase al otro lado sin caerse. En caso de que resbalase y cállese al vacío, Saito lo tendría bien cogido a una cuerda para ayudarlo a volver a subir.

-Está bien, iniciaremos la operación de avanzadilla en cuanto comamos algo. No está bien luchar con el estómago vacío. –Dijo finalmente.

-Perfecto. No te defraudaré padre. –Dijo haciendo una reverencia como agradecimiento por haber sido reconocido.

-Voy a mirar que tenemos en la despensa. –Dijo Saito tras devolverle la reverencia a su hijo.

Puesto que todo funcionaba con electricidad, no pudieron prepararse ningún plato caliente. Tuvieron que conformarse con comer cereales para el desayuno y alguna galleta que quedaba. Saito reconoció que la idea de su hijo era buena, en el mismo instante en el que vio que toda la comida de la nevera, exceptuando un par de yogures, se había estropeado o se estropearía en un par de días a lo sumo. Debían consumir la leche y los alimentos que estuviesen apunto de ponerse en mal estado.  Los alimentos que disponía para pasar una alrga temporada eran un par de latas en conserva, y que sin fuego no se podían cocinar, y galletas o cereales. Estaban en una situación precaria y debía encontrar suministros cuanto antes.

-Bien, mientras comemos debemos ultimar los detalles de tu plan Ikari. ¿Qué sugieres? –Dijo Saito tratando de dar confianza a su hijo. Al fin y al cabo ahora no podían depender los dos de Saito. Debían colaborar como dos adultos.

-Saltaré y me agarraré a la barandilla. –Saito hizo una mueca de sorpresa. –Tranquilo, tú sujetaras la cuerda que llevaré atada a la cintura por si caigo. –Dijo para tranquilizar a su padre. –Después me aseguraré de que el comedor está despejado. En caso negativo, tú te ataras la cuerda y yo la sujetaré. De este modo podrás pasar tú también sin peligro. –Hizo una pausa para ver si su padre estaba de acuerdo en todos los puntos, y prosiguió. –En caso afirmativo, te haré una señal, me desabrocharé la cuerda y entraré al comedor. Registraré las habitaciones de modo que las que deje atrás ya estén registradas y con lo cual no tendré sorpresas. Cuando la casa haya sido totalmente registrada y vaciada, volveré al balcón y te informaré del estado de la casa. Entonces tú pasaras y buscaremos suministros, además de mirar por la mirilla para comprobar el estado de la escalera.

-De acuerdo. Pero ten mucho cuidado hijo mío. –No era el estilo de Saito mostrar sus emociones y mucho menos preocupación. Pero Ikari era lo único que le quedaba en el mundo. La preocupación era inevitable viniendo de un padre.

El desayuno termino rápido, pues no había mucho que comer. Padre e hijo dieron las gracias por la comida y se levantaron para poner a prueba el plan de Ikari.

Ikari se ató la katana a la espalda para que no cayese ni le restase libertad a sus movimientos. Después se ató bien fuerte una cuerda que encontró en la despensa a la cintura. Ambos salieron al balcón. Un brillo de determinación brotaba de sus ojos. Estaban completamente concentrados en la misión. No hicieron falta palabras. Todo estaba hablado. Se miraron un instante a los ojos padre e hijo y procedieron a iniciar la operación.

Ikari subió a la barandilla que quedaba más próxima al balcón de al lado y de un salto llegó hasta la barandilla del balcón siguiente, pero en el último instante tropezó y cayó. Su padre tiró fuerte mente de la cuerda, pero no hizo falta, pues Ikari ya estaba bien aferrado a la última barra de la barandilla. Padre e hizo resoplaron mientras Ikari con los músculos de su brazo en pura tensión trepaba hasta llegar al balcón, poniendo los pies en su superficie más tranquilo. Se asomó por la ventana pero todo estaba oscuro en el interior. Aunque no se apreciaba ningún movimiento ni ruido alguno.

Miró a su padre y le hizo la señal de que todo estaba despejado. Se quitó la cuerda de la cintura y abrió con cuidado la ventana corredera del balcón para hacer el menor ruido posible. En ese instante se escuchó un grito horrible de una mujer y una fuerte explosión parecido a uno de esos “Masclets” que tanto odiaba Saito. EL tiempo se dilató en los ojos del hombre. Ahora no era más que un espectador de una horrible pesadilla, mientras observaba como su hijo salía despedido en dirección contraria al interior de la casa, para finalmente estamparse en la pared baja del balcón.

La mente de Saito operaba tan deprisa que las imágenes transcurrían a cámara lenta. El corazón dejo de latir en su pecho cuando volvió a la realidad y observó a su hijo con la espalda apoyada en la pared y un gran charco de sangre que crecía y crecía sin que Saito pudiese hacer otra cosa que pensar que seguía soñando y que nada de lo que veía a su alrededor era real. Una parte de él esperaba inocentemente a que su hijo se levantase del suelo y le dijera que era una broma. Una broma de muy mal gusto. El mundo se detuvo y un nuevo grito rompió el silencio que se había apoderado de la realidad de Saito.

-¡¡IKARI!! – Eran los propios gritos de Saito, los que lo devolvieron nuevamente a la realidad. -¡No disparen, no disparen, no estamos infectados! ¡Por favor no le hagan daño!

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jueves, 17 de mayo de 2012

El Luto (I)

Saito se despertó sobresaltado. Miró a su alrededor sin saber dónde estaba. No reconocía el lugar. Trató de clamarse. Todo estaba a oscuras, pero por fin, al cabo de unos instantes, distinguió algo. Parecía estar en una casa abandonada. Al fondo, en lo que parecía un recibidor, había un sinfín de muebles apiñados contra la pared. Había una violencia implícita en la manera en que se habían amontonado esos muebles. Un grito horroroso se escuchaba en la calle. Esto lo hizo ponerse aún más tenso. ¿De dónde provenía? Comprobó que yacía en el suelo y que había dos sofás en la sala. Miró tras de sí y vio un balcón que daba al exterior de la casa. Se levantó muy pesadamente. Tenía el cuerpo entumecido como si hubiese estado haciendo ejercicio durante todo el día. Al incorporarse y ver la habitación donde se hallaba lo comprendió todo: La tarde en el parque, la lucha, su hijo totalmente enajenado, la huida. Estaba en su propia casa. Por unos instantes se había olvidado de donde estaba. Algo lo había hecho despertarse sobresaltado. Quizá el propio recuerdo de todo lo vivido aquel día no le permitía conciliar el sueño. Quizá el suelo duro y frio donde él y su hijo se habían quedado dormidos.

Ikari todavía dormía. Parecía incluso estar teniendo un sueño placido. Su rostro se mostraba sereno y feliz. Eso alegró por unos instantes a Saito. Al menos su hijo no sufría en ese momento. No había miedo ni locura en ese instante para él. Ojala pudiesen tener más instantes como aquellos.

De pronto Saito supo porque se había despertado de forma tan brusca. Debía actuar con rapidez si quería conseguirlo. Quizá los suministros de agua de la ciudad todavía no habían cesado su actividad. Corrió hacia el cuarto de baño y abrió el grifo de la bañera, con la esperanza de poder llenarla para disponer de un pequeño suministro de agua para la higiene. No sabía cuánto tiempo podían permanecer encerrados en su propia casa, hasta que la escalera fuese transitable o estuviese despejada.

El sonido de agua cayendo estrepitosamente lo tranquilizó. Todavía quedaba agua en las reservas. Puso el tapón y esperó hasta que se llenase. Llenó un cubo a parte para poder enjuagarse la cara y limpiarse las manos, pues estas se mostraban pegajosas. Quizá esa sangre contuviese el mismo diablo que hace enloquecer a las personas que caminan por las calles. Debía cambiarse de ropa de inmediato y quemarla. Estaba empapada de esa sangre y podía ser peligroso.

Mientras Saito tomaba las medidas higiénicas correspondientes, comenzó a cavilar sobre lo sucedido, tratando de sacar una explicación al porqué de la masacre. Sin duda lo ocurrido con las ratas hace una semana debió de ser el origen de todo. Quizá un virus. Saito no era un hombre de ciencia, pero podía intuir la razón que más se acercaba a la verdad. El e Ikari no habían sido mordidos y por eso no fueron convertidos en diablos. Su padre en cambio si había sido mordido por las ratas y por eso atacó a Ikari. No cabía duda pues, de que las ratas habían sido las causantes.

En ese momento apareció Ikari. Su rostro parecía más humano. La cordura volvía a brillar en los ojos de su hijo.

-¿Qué estás haciendo padre? –Pregunto sin más.

-No pretendía despertarte. –Dijo amablemente en pos de disculpa. –No sabemos cuánto tiempo permaneceremos aquí, de modo que nos ayudará tener un pequeño depósito de agua. –Respondió mientras señalaba la bañera con el grifo encendido. –Debes cambiarte de ropa enseguida hijo. Y lavarte las manos. No sabemos qué clase de enfermedad o espíritu maligno puede portar esa sangre de la que estamos empapados.

-Tienes razón. –Dijo este. –Voy a mi cuarto a cambiarme de ropa. Supongo que tendremos que quemar las ropas sucias. Pero quizá eso atraiga a más diablos. Lo he visto en las películas de zombis. –Dijo tratando de recordarle lo que le había dicho su padre hace escasas horas.

-Muy gracioso. –Rio de buena gana su padre. –Y a la vez es muy útil. Lo último que necesitamos es que haya más de esos monstruos en la escalera. No había pensado que quizá encender un fuego atraería a más de esas cosas por el humo y el olor. Recuerdo que cuando estábamos escondidos en aquel árbol, uno de ellos se acercó olfateando el aire y casi estuvo apunto de descubrirnos pos el olor. Deben de tener un olfato agudizado.

El rostro de Ikari cambió rotundamente al recordar la experiencia en el parque. Una nube de pesadumbre se apoderó de su mente. Ni siquiera se había acordado de Ukiko al despertarse. Ni de su madre y su hermana. Se reprochó a si mismo por haberlas olvidado tan pronto. Ikari sentía como el abismo de su realidad actual lo engullía irremediablemente. Había perdido toda su familia en un abrir y cerrar de ojos, sin pensar poder hacer nada. Si al menos hubiese podido luchar por salvarlos. Si tan solo hubiese corrido un poco más rápido, hubiese podido salvar a Ukiko. Pero ahora todo lo que le quedaba era su padre y no quería suponer una carga para este. Un futuro incierto y oscuro se cernía sobre el, oprimiendo su corazón y diezmando el poco autocontrol que le quedaba.

Abandonó el cuarto de baño para adentrarse en el oscuro pasillo. Al llegar a la puerta de su habitación, se detuvo un instante. Quizá no era tan buena idea entrar. Demasiados recuerdos le esperaban allí. Ukiko volvió a aparecer en su cabeza. La locura acechaba con invadirlo todo de nuevo.  Su mente no podría soportar más tiempo ¿Por qué no pudo salvarla?

Una mano se posó sobre el hombro de Ikari haciéndolo volver a la realidad.

-Ikari, Una vez Buddha dijo: El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. Creo que deberías pensar sobre ello. –Dijo Saito con una voz serena. –Tarde o temprano deberás enfrentarte a esto. –Y acto seguido abrió la puerta de la habitación de su hijo. Un fresco aroma llegó hasta sus narices. Era el olor de Ukiko. Todavía permanecía allí. -¿Puedes sentirlo verdad? Ella todavía vive en nosotros. Y su único mensaje es el mismo que predicaba en vida. El amor, las buenas sensaciones y todo lo agradable que hay en este mundo. Ikari, déjate embriagar por su ultimo y único mensaje y te habrás unido a ella para la eternidad.

Ikari no pudo reprimir el llanto. Las palabras de su padre sonaban duras, pero era cierto. No podía permitir que Ukiko, su amada Ukiko, se convirtiese en un trauma. Pues ella había sido todo lo contrario. Debía luchar por ella como no había podido hacer en vida e impedir que su recuerdo quedase ahogado por el dolor de la perdida. La herida en el alma de Ikari, dejó de sangrar milagrosamente. Ya no quemaba, no había crudeza. Únicamente ese olor que lo envolvía todo. Era tan agradable. Por unos instantes Ikari se vio retozando en su cama con ella, abrazados en una nube de amor que, seguro, transcendería cualquier obstáculo. Supo entonces que el camino sería duro, pero que lograría superar y aceptar el duro golpe que el destino le había propinado.

Ya más tranquilos y con las prendas cambiadas, padre e hijo se sentaron en el salón. Como no creían seguro hacer una hoguera dentro del apartamento, dejaron la ropa en una de las habitaciones que se convertiría en la “zona de desechos”. Después Saito propuso a su hijo limpiar también sus sables que estaban llenos de aquella sangre oscura y viscosa. No pretendía usar otro medio de protección que no fuesen sus espadas, de modo que debía llevar un seguimiento y un mantenimiento para conservarlas en un estado óptimo. Listas para utilizarlas en cualquier momento.

Mientras Saito golpeaba suavemente las hojas de su sable con un instrumento de apariencia similar a la de un chupa-chups, untándolo de polvos abrasivos, Ikari rompió el silencio.

-¿Qué vamos a hacer ahora padre? –Era la pregunta del millón. Saito carraspeó algo inquieto. Su auto control también se había esfumado. Ahora las emociones eran más intensas, pues todo era salvajemente nuevo para ambos al fin y al cabo. Era imposible e inútil ocultar la preocupación que Saito sentía.

-Bien, primero deberíamos intercambiar opiniones. ¿Qué crees que ha sido lo que ha causado todo esto? –Preguntó algo más recompuesto. Sin duda hablar de lo sucedido sosegadamente era una buena terapia para ambos y dado que gozaban de todo el tiempo del mundo, seguro que eso les sentaría bien.

-Estoy convencido de que fueron las ratas. No he visto muchas pelis de zombis y tampoco creo que debamos crear fundamentos respecto a un par de películas de ciencia ficción pero… Normal mente siempre es un virus. Creo que fueron las ratas. –La respuesta dejó completamente satisfecho a Saito que asintió con la cabeza y con la mirada atenta. Una nube negra sobrevoló la cabeza de Ikari, que se mostró abatido. –Lo cual quiere decir que Midori y mama se han convertido en uno de ellos. Y aun así no creo que hayan sobrevivido. –Ahora la nube de penumbra abarcó toda la habitación y Saito bajó la cabeza también. El silencio se hizo insoportable en aquel segundo antes de que Ikari prosiguiese. -Una parte de mi grita por salir a buscarlas, a rescatarlas de donde quiera que estén. Pero mi ser interno me dice que eso sería un suicidio absurdo.

-Ya no podemos hacer nada por ellas. A Santsa no le gustaría que su hijito corriese peligro. –Dijo para tranquilizarse más a él que a su hijo y cambió de tema rotundamente. -Estoy de acuerdo contigo. No tengo ni idea de porque los gobiernos de todo el mundo no han tomado ningún tipo de medida, y a estas alturas no voy a preocuparme por eso. Ojala se hayan devorado entre ellos. –Hizo una pausa mientras enfundaba su katana después de haber finalizado el ritual de limpieza. –Lo que me preocupa es toda esa gente que no ha sido mordida por las ratas. ¿Quedará alguien en la ciudad? ¿Necesitará ayuda? ¿Que habrá sido de las almas de los que están  infectados? Ikari nuestro deber, o mejor dicho, lo mínimo que podemos hacer por todas esas personas que lo han perdido todo, es guardar una noche de luto. Una noche de luto por el mundo. Permaneceremos en posición de loto y rezaremos por que la armonía vuelva a reinar en el mundo. –Se puso en pie pesada mente y se dirigió a la despensa del pasillo. Allí había velas y las necesitarían para pasar la noche con algo de luz.

Una lágrima de admiración rodó por la mejilla de Ikari al comprender tan hermoso sentimiento. Acto seguido se levantó y siguió a su padre a lo que sería una ceremonia de luto hacia la humanidad.

El resto de la noche, padre e hijo permanecieron sumidos en una meditación profunda y sincera. “Acompañando en el sentimiento” a toda la raza humana que se veía gravemente amenazada por la extinción en esos momentos. En duelo por el mundo rezaron, porque los niños y las mujeres supervivientes, fueran guiados y protegidos por los dioses. Rezando, para que la ira que se cernía sobre la tierra y sobre sus hermanos, fuese apaciguada por las miles de personas que debían haber muerto.

El sol apareció aquel día oculto por las nubes. Ahora incluso el tiempo meteorológico era más lúgubre y frio. Las calles estaban vacías y solo el viento se atrevió a rugir y arrastrar escombros del suelo que vagaban sin rumbo. 

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miércoles, 16 de mayo de 2012

Realizar la iluminación es como la luna que se refleja en la sangre caliente. La luna no se mancha, ni la sangre se perturba. (III)

Cuando todo parecía perdido, una luz azulada fulminó al depredador, haciendo que saliese disparado varios metros de distancia por los aires. En su lugar, quedo una figura con la espada en alto y las piernas flexionadas. Su padre había propinado un corte ascendente tan fuerte y veloz que quel ser había salido disparado en el aire como quien lanza un paquete de cigarrillos. Las otras bestias se quedaron unos instantes quietos, tratando de rodear a los dos supervivientes. A lo lejos se escuchaban los gritos y el trote del resto de la procesión mortal que se acercaban a pasos agigantados hasta ellos.

            Ikari y Saito corrieron sin mirar a atrás. Apenas faltaban un centenar de metros para llegar al portal de casa. Un gúl despistado y solitario trató de pararlos al girar la esquina, pero lo único que saborearía aquella noche sería el frio del acero.

            Ya habían conseguido llegar hasta el portal y los infectados amenazaban con rodearlos. Se acercaban por todas direcciones y desde todas las calles corrian en estampida hacia ellos. Ikari rebuscó nerviosamente entre el jolgório de llaves buscando la adecuada para abrir la puerta. Cada vez estaban más cerca. Saito no apremió con palabras a Ikari para que se diera prisa. Simplemente adopto una posición de defensa con el sable empapado de sangre negra, con la intención de seguir luchando si era necesario. Debía actuar con rapidez. Si los esperaba allí, Ikari no tendría ninguna posibilidad. No… Debía salir al encuentro de aquellos carroñeros si querían tener alguna posibilidad. Eso es. Así Ikari ganaría algo de tiempo en buscar las llaves.

            Pero antes de que Saito hiciese ademán de salir corriendo para darle tiempo a su hijo, escuchó como este abría la puerta.

            -¡Rapido papá! –Gritó desesperado. Sus depredadores ya estaban encima de ellos. No había tiempo de esmerarse en cerrar la puerta. Debían subir por las escaleras e intentar ganar la distancia suficiente como para abrir la puerta de casa y cerrarla. Ikari ya tenía la llave necesaria para abrir la puerta preparada y salió disparado sin preocuparse en saber si su padre lo seguía. Él era su maestro y era imposible que aquellos cuerpos sin cerebro, consiguiesen hacerle daño.

            Ya había llegado hasta el segundo piso y escuchó como su padre subía tras de él. Un eco atronador de pasos y gritos hacían temblar hasta los pilares del edificio. Por lo menos debían de haber unos cincuenta de aquellos seres tratando de darles caza por las escaleras.

            Apenas faltaban tres pisos para llegar a su casa. Saito se detubo un momento para lanzar un corte al monstruo que lo seguía más de cerca y hacerle rodar por las escaleras, con el fin de entorpecer la subida. Así ganarían algo de tiempo. Su hijo le sacaba un piso de ventaja y esperaba que no hubiese nadie esperandolo arriba.

            Pero Ikari no tubo tanta suerte y justo al llegar al séptimo y último piso se encontro con su vecina con los ojos inyectados en sangre. El edificio estaba oscuro, pero podía ver aquel destello malévolo en los ojos de su vecina que se acercó sigilosamente siseando. Ikari sintió miedo al descargar su estocada y esto hizo que la punta de su espada quedase incrustada en el hombro del monstruo, que se debatía entre arañazos y patadas. Ikari la mantenía a raya con el mismo sable, pero le era imposible sacar la espada del hombre de aquella mujer.

            -Ikari abre la puerta de una vez. No podré contenerlos por más tiempo. –Dijo su padre al borde de la escalera, mientras tiraba de una patada a otro.

            Entonces Ikari lanzó una patada frontal a la mujer y tiró con fuerza en dirección opuesta con su espada, consiguiendo así sacarla por completo. Arremetió esta vez sin compasión contra la cabeza de su vecina, separando definitivamente y para siempre, las orejas de sus hombros. Acto seguido, rebuscó de nuevo entre las llaves, esta vez con más agilidad y consiguió abrir la puerta. Su padre lo siguió rápidamente entrando casi de un salto en la casa y juntos empujaron la puerta para cerrarla. Pero una docena de zombis empujaba la puerta, desde el otro extremo hacia el interior de la casa. El agotamiento comenzó a hacer meya en Ikari, que le temblaban todos los musculos por el esfuerzo. Si no conseguían cerrar la puerta, estaban perdidos. Quedarian sepultados por toneladas de carne hambrienta, con la única salida que saltar desde un septimo piso por el balcón.

            -¡Vamos Ikari un esfuerzo más! Ya está casi cerrada. –Dijo Saito tratando de dar aliento a su hijo que comenzaba a flaquear.

            Los gritos histéricos de aquellos seres, retumbaban por toda la escalera. Saito empujaba con una mano y con la otra lanzaba estocadas a ciegas por el huco de la puerta, tratando de amedrentar las fuerzas de aquellos monstruos.

            Ya casi estaba cerrada. Solo necesitaban un pequeño empujoncito. Saito lanzó una última estocada y empujo con todo su cuerpo y sus últimas fuerzas.

            Habían conseguido cerrar la puerta. Pero los zombis la aporreaban de tal manera desde el exterior que en cualquier momento la echarían abajo. Ikari cerró con llave para activar los pestillos de seguridad y asi asegurar un poco más la fuerza de las visagras.

            -Rápido ayúdame a mover esto Ikari. –Dijo Saito mientras cogía el sofa pequeño del salón para tratar de atrancar la puerta.

            Padre e hijo cargaron en menos de un minuto con casi todos los muebles del recibidor y el salón, atrancando definitivamente la puerta de entrada. Los golpes se escuchaban a lo lejos, amortiguados por la cantidad de muebles que tapaban la puerta.

            Padre e hijo se miraron empapados en sudor de pies a cabeza, tratando de recobrar el aliento.

            -Lo hemos… Logrado… -Dijo Saito dejandose caer en el suelo, exausto.

            -¿Qué narices son esas cosas? ¿Por qué nos ataca todo el mundo? ¿Qué les hemos hecho? –Preguntó Ikari todavía de pie con la mirada de un perturbado y la espada completamente adherida a su mano.

            -Hijo mio eres increible… ¿Pretendes decirme…. que los has matado a todos ellos… sin saber si continuaban siendo… personas? –Preguntó Saito sin aliento. Era un alivio ver que su hijo recuperaba el habla. A pesar de que estaba un poco alterado, todavía conservaba la cordura.

            -No sabía lo que hacía. Solo sé que mi ser interno no me impedía matar. Sabía que debía hacerlo para salvarnos. ¿Si no eran personas, que eran? Por eso me lo pregunto. ¿Qué hemos hecho para que nos ataquen todos? –Preguntó Ikari totalmente ido, mientras se sentaba en el suelo envuelto en dudas.

            Los gritos de aquellos seres se escuchaban por toda la calle. Esta noche se habían quedado sin pastel de carne y no les hacía mucha gracia.

            Saito se incorporo para sentarse al lado de su hijo que estaba temblado. Trató de apoyar una mano tranquilizadora en su hombro, pero este se debatió como un animal salvaje.

            -Tu tambien quieres hacerme daño ¿Dónde está mi madre? –Dijo completamente desconsolado.

            -Hijo mio trata de calmarte. No voy a hacerte daño. Debemos descansar. Ha sido un día muy duro y lo mejor será que tratemos de dormir un poco. –Dijo este con un tono de voz apacible, tratando de calmar a su hijo.

            -¿Cómo quieres que me calme, sí todo el mundo quiere hacerme daño? –Preguntó al borde del llanto.

            Todos los años de duro entrenamiento, se habían esfumado para siempre de la mente de Ikari. Saito lo sabía y sintió un vacio en su interior. Quizá en un par de días volviese a ser el de antes. Pero algo en su interior le decía que el Ikari que su padre conocía, no volvería a ser el mismo nunca más.

            Saito no pudo soportarlo más y perdió la paciencia. Sin duda lo que más le dolía era ver a su hijo completamente destrozado y no poder hacer nada para que reaccionase.

            -¡Maldita sea Ikari ¿Esque nunca has visto una pelicula de zombis?! ¡Pues estamos dentro de una de esas peliculas! Y no hay más que hablar. Nadie quiere hacerte daño porque hayas hecho algo malo ¡Joder, que tienes dieciocho años! Espabila caramba. –Era la primera vez en muchos años que Saito se enfurecía asi con su hijo.

            Ikari se quedó boquiabierto ante la reacción de su padre. Saito se llevó las manos a la cara. Sus hombros temblaron y un sollozo casi inaudible inundó el silencio. Era la primera vez que Ikari veía llorar a su padre, a su maestro.

            -Ahora te necesito más que nunca. Necesito que seas fuerte porque de lo contrario no sobreviviremos ni siquiera esta noche. No puedo hacerlo yo todo Ikari. Lo siento, no pretendía gritarte. –Dijo con lágrimas en los ojos.

             Ikari, casi inconscientemente, fue a abrazar a su padre y juntos lloraron hasta que se quedaron dormidos. Rodeados por la soledad y la tristeza.

            En la calle, se podía apreciar el recorrido exacto que habían realizado padre e hijo. Un rio de sangre señalaba el lugar donde se encontraban dos de los supervivientes del Día Zero. Pero ¿había más o estaban solos en toda la ciudad? ¿Quién era aquel que había disparado a un par de manzanas del parque? ¿Había conseguido sobrevivir?

            Un charco de sangre reflejaba una esplendida luna llena, pero no conseguía ensuciarla.

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