lunes, 2 de julio de 2012

Encuentro (III)

*                     *                      *




El monstruo entró vociferando y se quedó quieto en el alfeizar de la puerta y comenzó a caminar despacio, casi saboreando a su presa. Robert sabía que solo tendría una oportunidad de salir con vida. Tenía que matarlo. Vivir o morir. No había armonía alguna, ni pensamientos pacifistas. El aikido que tanto amaba, podía esperarlo fuera del restaurante con sus misticismos incomprensibles, mientras ahí dentro se jugaba la vida realmente. ¿Qué técnica usaría? ¿Ikkio, kote gaeshi o ushiro kiri otoshi? Estaba claro. Dejaría que se acercase hasta poder asestarle un golpe mortal con el cuchillo.

En esto estaba pensando Robert, cuando de pronto el monstruo arrancó a correr con un grito de triunfo para abalanzarse sobre él. Robert mantuvo la sangre fría y espero hasta que éste lo cogió por la cabeza y trató de morderle en la cara. En ese preciso instante de vida o muerte, le atravesó la cabeza con el cuchillo, desde la mandíbula hasta la parte superior del cráneo. La sangre le salpicó en la cara y en los ojos. Pero percibió como el monstruo cesaba su movimiento en seco.

Casi instintivamente, como quien aparta la mano del fuego cuando éste le quema, lo tiró al suelo y escupió la sangre que se había introducido en su boca. Estaba jadeando como un animal rabioso y una repentina arcada, echó por tierra todo lo que había ingerido en aquel pequeño oasis de tiempo sin nadie amenazándole. Sintió pena por aquella comida, que tanto placer le había causado a su paladar y que ahora lo desperdiciaba tirándolo al suelo, en un acto totalmente instintivo e involuntario.

Lo había logrado. No sabía como, pero lo había logrado. Había sobrevivido. Su cuerpo se debatía entre terribles convulsiones arrojando la hamburguesa y las patatas que había comido, pero una sensación de triunfo le embargaba por dentro. Las piernas le flaquearon y cayó de morros al suelo, rebozándose con la mezcla de sangre y bilis que cubría el piso. No paraba de jadear y la adrenalina le martilleaba el cerebro. No le importaba estar revolcado en aquella substancia tan repulsiva. Necesitaba aire para poder reponerse de lo que había hecho. Apoyó sus manos en el suelo y se quedó sentado con el culo en el suelo, mirando aquel hombre que yacía a pocos metros de él, totalmente muerto. De su herida mortal en la cabeza, apenas brotaba sangre y ésta era de un color oscuro repugnante. Se preguntó si lo que había hecho sería un asesinato, a pesar de que era en defensa propia. ¿Y si lo hubiese reducido e inmovilizado en lugar de matarlo sin preguntar? ¿Habría entonces recapacitado su agresor, una vez controlado en el suelo, de su inútil empresa? Recordó entonces a Juan, totalmente decapitado. En solo un día le habían pasado tantas cosas que ni siquiera había tenido tiempo de llorar por él y por la horrible muerte que había sufrido. El llanto lo abrazó entonces y algo dentro de él comenzó a endurecerse, como el acero al templarse en el agua helada.

Estaba solo y tenía que sobrevivir. Todo dependía de él. Únicamente de él. No podía quedarse anclado en los absurdos códigos de Ética y Moral que hasta ahora habían regido su vida. Ya no le servían de nada. El mundo había cambiado radical mente y debía plantearse otro modo de vida, otra forma de pensar. Tenía que adaptarse a su nueva vida, en su nuevo mundo.

Cuando por fin se sobre puso del shock, desincrustó el enorme cuchillo del cadáver y salió al comedor del restaurante. Buscó los aseos, con la esperanza de que todavía quedase agua en los depósitos, para poder lavarse. Entró en el pequeño recinto y abrió el grifo, con la mala fortuna de que el agua no emanaba de allí. Robert sintió más todavía la necesidad imperiosa de quitarse toda aquella porquería, que estaba adherida a su cuerpo. Corrió entonces hasta los grifos de refrescos y metió la cabeza en el grifo de la cerveza. El alcohol desinfectaría un poco los gérmenes de aquella porquería y la espuma arrastraría la suciedad. El liquidó emanó abundantemente y Robert pudo enjuagarse la cara y el pelo en aquel liquido que le abrasaba los ojos, pero que con su frescura y olor, eliminaba la repugnancia de su cuerpo. Se quitó la camiseta y los pantalones y se frotó fuertemente y con infinito asco. El sonido del líquido derramándose por el suelo, lo tranquilizaba e inquietaba de manera equilibrada, pues solo se escuchaba dicho sonido, acompañado de los gemidos que de su boca brotaban, por puro asco y escozor de ojos.






*                     *                      *





Oscar recorrió el trecho que lo separaba de su amor al trote. No le importaba ser escuchado, pues la distancia que lo separaba de lo que seguramente sería su nuevo hogar, era ya insignificante. El ansia y los nervios por no encontrarse nuevamente con más de aquellos locos caníbales, le atenazaban por dentro. Todavía conservaba la dantesca imagen de aquel parque repleto de cuerpos descomponiéndose al sol. El hedor parecía haberse incrustado en sus fosas nasales, acompañándole por todo el recorrido. Realmente tenía miedo de encontrarse con una nueva jauría de más de treinta o cuarenta caníbales. Estaba tan cerca de su destino que quizá no tendría fuerzas para volver a esconderse en algún frío lugar y volver a pasar allí otra noche. Y eso contando que pudiese escapar de nuevo y volver a refugiarse en algún lugar seguro.

Por el camino, volvió a encontrarse con algún que otro cuerpo mutilado yaciendo en el suelo. Y por las pisadas y las machas de sangre que llegaban hasta el mismo patio del edificio donde debía reunirse con Olga, tuvo un mal presentimiento y dudó de si realmente, padre e hija habrían conseguido llegar sanos y salvos. Miró alrededor, nervioso, y vio con algo de satisfacción, como el todo-terreno que usaron para escapar de la armería estaba torpemente aparcado justo enfrente del patio nº 28 de aquella misma calle.

La puerta estaba cerrada y Oscar tuvo que usar nuevamente un disparo de su rifle para poder abrirla. Cuando abrió la puerta, comprobó como el eco de aquel disparo, retumbaba por todo el interior del edificio. Una maniobra temeraria sin duda. Pensó para si mismo. Pero no le importaba si era imprudente o no, pues ya solo siete pisos lo separaban de su meta. Su ansiada meta.

Se decidió a entrar en el oscuro portal y se dispuso a subir por las escaleras hasta el séptimo piso, lo más rápido que pudiese. Pero bien pensado, no era buena idea ir haciendo ruido, pues quizá había algún que otro de esos monstruos en el interior del edificio. Emprendió su marcha en ascensión con cautela. A medida que ascendía piso a piso, se encontraba con que le suelo estaba sucio y pegajoso. Pensó que por aquí habría pasado también aquel enorme y descomunal hombre, que mataba a esas cosas con un arma blanca. ¿Qué clase de persona era, un asesino en serie? ¿Un vikingo, algún friki portando una espada láser de verdad? ¿Seguiría todavía en el edificio, sería peligroso para Olga? ¿se habrán encontrado Olga y el supuesto Luke Skywalker?

Cuando por fin llegó al séptimo piso, se quedó petrificado a mitad de la escalera entre el sexto y el séptimo piso. Había más muertos en aquel lugar. Al menos unos diez cuerpos, alcanzó a contar, y nuevamente presentaban los mismos signos de muerte por arma blanca que los que había encontrado en el parque. Buscó entre aquellos cuerpos, con el fin de cerciorarse de que ninguno de ellos era el de su amada novia. Cuando terminó de comprobar que ninguno de los cuerpos era el de su novia, la euforia estalló dentro de él y aporreó la puerta del numero veintiocho.

-¡Olga cariño, ya estoy en casa, ábreme por favor! –Dijo casi con llanto en los ojos. Después de dos días infernales, por fin vería de nuevo a su amada. No había nada que le diese más miedo que perder a sus seres queridos y cuando pensaba que el “Día Zero” la había encontrado sana y salva entre todo aquel caos y que nuevamente la había vuelto a perder, un nudo se hacía en su corazón. –Ya todo ha terminado. Estoy aquí, por fin. –Se dijo a si mismo.

Desde lejos se escuchó como le daban la vuelta a la cerradura y la puerta se abrió con un gran chirrido. Desde la oscuridad del interior de la casa, un hombre asiático de cabellos negros mostraba una mirada impasible. Por un momento, pensó que se había equivocado de puerta o que su novia se abría refugiado en otro piso del mismo edificio. Un mar de dudas y teorías absurdas surcaron su mente a la velocidad de la luz, pero aquel hombre las cortó de raíz cuando abrió la boca.

-Deja de gritar y entra. Tu novia te está esperando. –Dijo aquel hombre en perfecto español. Oscar no se preguntó que hacía un hombre en la casa de su novia. Al fin y al cabo sería un superviviente y seguramente tendría que darle las gracias más adelante por cuidar de su novia.

Pero todos esos pensamientos quedaron atrás cuando atravesó el alfeizar y vio esos ojos azul cielo, que tanto amaba.






*                     *                      *





Cuando aquella peculiar duchar concluyó, salió al exterior del centro comercial semidesnudo. Únicamente había conservado su ropa interior por un absurdo pudor que de poco le servía a estas alturas. Portaba el cuchillo en su mano derecha y se sentía seguro de si mismo. Algo en él había cambiado en tan solo unos minutos y se dio cuenta entonces de cuanto había sufrido. Más importante aún, se dijo, era que su sufrimiento lo había hecho más fuerte y resuelto ante la nueva realidad que se abría ante su espíritu. El frio lo atenazaba, pues estaba empapado en cerveza, sueño de algún que otro alcohólico, que no era su caso. Decidió entonces adentrarse en la jungla de la incertidumbre que le proponía el interior del centro comercial, con la esperanza de encontrar ropa nueva que no oliese a podrido y sangre. El silencio era todavía más agobiante allí dentro. Pero Robert ya no sentía miedo. Había sobrevivido solo y lo seguiría haciendo. Su antiguo yo, había quedado dentro del restaurante, en aquella sucia ropa de médico que ya no le serviría nunca más.

Avanzó con paso firme hasta llegar a las escaleras mecánicas. Subió a la parte de arriba y encontró una tienda de ropa de las mejores marcas. Comprobó con agrado que disponía de una persiana con rejas, que aunque fuese electrónica, más tarde se encargaría de bajar para convertir la tienda de ropa, en una fortaleza improvisada. De nuevo la ilusión le invadió. Siempre había soñado con poder entrar en un centro comercial desierto y hacer todo lo que quisiera sin pagar un centavo y el morbo que se le añadía al hecho de ir casi desnudo sin que nadie le mirase como a un loco, le daba todavía más placer y sensación de libertad.

Entró en la tienda y se tomó su tiempo en encontrar la ropa que más le gustaba  para vestirse. Después registró con sumo cuidado cada rincón del establecimiento para cerciorarse de que estaba solo. Cerró la persiana y transportó toda la ropa que pudo hasta los probadores que daban al fondo del local, con la intención de fabricar una mullida cama entre tanta ropa.

El agotamiento no tardó en hacer mella en él y no le costó cubrirse de ropa todo el cuerpo y quedarse dormido casi en el acto. Quedando oculto por una montaña de ropa que ya nadie vendría a comprar con dinero.

-Cuando me despierte, buscaré provisiones para subirlas aquí. –Esos fueron sus últimos pensamientos antes de caer en la inconsciencia.


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lunes, 25 de junio de 2012

Encuentro (II)

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Quizá los niños estaban dentro de la guardaría esperándolo, acechándolo. Pensó para sus adentros. Pero no se dejaría llevar por el pánico y salió inmediatamente de la casa. El espacio abierto de lo que parecía ser el recreo era más seguro que estar encerrado en la casa. Miró a derecha e izquierda, pero no vio nada. Ni siquiera el cuerpo del niño que había matado de un disparo, tres días atrás. Solo quedaba un rastro de sangre, pero alguien o algo, había retirado el cuerpo. Su piel empezaba a transpirar mientras avanzaba cautelosamente hasta la verja.

Un murmullo a su espalda le sobresaltó y apuntó nerviosamente con el rifle. Había un niño sentado en un tobogán de colores que lo observaba casi fascinado. Sus ojos estaban inyectados en sangre, haciendo que sus pupilas pareciesen rojas. La mirada de aquel niño parecía hipnotizarlo y ambos se observaron durante unos segundos, antes de que Oscar sintiera una presencia tras de él.

 Allí había más de veinte infantes observándolo con mirada felina, acercándose despacio, casi con adoración. Sus quejidos eran extraños y Oscar no quiso comprobar de nuevo, hasta donde llegaba la crueldad de aquellas criaturas. Abrió fuego contra el grupo de niños, destrozando el silencio hipnótico que allí reinaba. Unos cuantos trataron de abalanzarse sobre él, gritando de manera estridente, pero Oscar parecía tener pegado el dedo al gatillo. La fuerza de retroceso le estaba destrozando el hombro pero no le importaba, pues estaba resuelto a acabar con todos si hacía falta para salir de allí. El niño que quedaba a su espalda, lo embistió por detrás, pillándolo totalmente desprevenido. 

Estuvo a punto de caer en unos instantes que parecían dilatarse en su mente. Si caía al suelo estaba perdido. Sería devorado por unos mocosos endiablados. Por suerte y tras unos cuantos traspiés, logró ponerse en pie y correr en dirección a la brecha que había abierto en al formación de los niños, aprovechando el impulso de la embestida. Consiguió que no lo atrapasen, rodeó la casa en un Sprint desesperado y subió como un gato la verja, viendo como los niños ya estaban justo debajo de él, saltando y alzando sus pequeñas manos al cielo para atraparlo. Saltó a la otra parte y observó con cierto descanso como los niños quedaban encerrados en el recreo de la guardería, dejando de representar una amenaza para él.

El corazón latía con fuerza dentro de su pecho, pero una sensación de triunfo le inundó por completo. Había conseguido salir de su prisión y solamente una gran avenida lo separaba de su amada Olga y de su hogar. Oteó el horizonte, comprobando gratamente que el grupo de monstruos que se agrupaban en el parque hace tres días, se había disuelto hasta dejar vacío por completo el lugar.


*                     *                      *

Robert se dio un banquete digno de reyes que incluso le hizo tener nauseas. Comió tan deprisa que su estomago se quejaba al mismo tiempo que lo agradecía. Los minutos pasaron agradablemente sin que nadie lo molestase. Por fin tenía un momento de paz entre tanto caos. Subió los dos pies encima de la mesa donde había comido y se llevó las manos al estómago. Solo le faltaba despertarse de este mal sueño en su cama y volver al trabajo con una anécdota y un sueño extrañísimo que contar a sus compañeros.

Pero todo era real. El aire que respiraba, el hedor impregnado a su piel y su ropa, las agujetas, que con una buena comida entre pecho y espalda no eran tan insoportables y sobre todo aquel hombre con la cara manchada de sangre y el rostro desencajado que lo miraba a través del cristal que daba al exterior del establecimiento.

Robert rompió a sudar en cuanto se dio cuenta de su terrible realidad. Él había comido y ahora aquel ser monstruoso también deseaba hacerlo. El miedo y la soledad con la que se enfrentaba a aquella situación hicieron que se callera de la silla en donde estaba recostado.

Corrió hasta a la cocina y busco algún instrumento para defenderse, mientras escuchaba como el cristal de la puerta se rompía en mil pedazos, dándole a entender que el comensal ya estaba dentro del restaurante. Los gritos eran agónicos y hacían que el corazón de Robert dejase de latir por momentos. Por fin encontró un cuchillo enorme y volvió a quedarse arrinconado como días atrás en una de las esquinas de la cocina más apartadas de la puerta. Los minutos se hicieron eternos y acompasados por su respiración entrecortada, esperando a que aquel monstruo hiciese su entrada triunfal en la cocina.



*                     *                      *


Oscar avanzaba ahora más seguro de si mismo, hacia el parque donde días atrás había estado abarrotado de “Zumbados”. Las calles estaban sucias y llenas de hojas caídas, bolsas de basura y un montón de basura esparcida por el suelo. Se dio cuenta entonces de la gran importancia que tienen los barrenderos  la gente que trabaja por mantener limpias las calles, pues por absurda que pareciese su labor, era mucho más importante de lo que hasta ahora se había planteado en su vida. Su visión sobre el mundo y la humanidad, había cambiado ahora que se había visto tan solo y se daba perfecta cuenta de que cualquier trabajo por insignificante que pareciese, tenía un peso fundamental en la sociedad.

El ansia por encontrar a su novia, lo sacó de aquella nube filosófica que por un instante se había posado sobre su mente. Había llegado a la altura del parque y no pudo reprimir un instinto por salir corriendo y llegar hasta la casa de Pepe para encontrarse por fin con su novia. Ese mismo año, habían estado pensando en la posibilidad de vivir juntos. Oscar tenía ya treinta y cinco años y un empleo fijo. Olga también tenía un buen salaría trabajando de dependiente en la tienda de su padre. Habían estado mirando pisos juntos, soñando donde les gustaría vivir. Oscar le había propuesto incluso irse a vivir a otra ciudad. No le gustaba valencia, pues él se había criado en el norte de España con su familia. Al alistarse en el ejército, lo destinaron a Valencia. Al principio el tubo la esperanza de pedir un traslado cuanto antes, para volver a  su lugar de origen, pero cuando conoció a Olga todo cambió para él.

Sus pensamientos y recuerdos, se rompieron de golpe al pasar por el parque. Sintió escalofríos ante el espeluznante espectáculo que allí se desarrollaba ante su mirada perpleja, pues una infinidad de cuerpos mutilados cubrían todo el lugar. El olor a descomposición era insoportable y las moscas rompían el silencio sepulcral que al parecer se había instalado para siempre en la ciudad. Algunos de los cuerpos todavía seguían con vida a pesar de tener las extremidades totalmente cercenadas. Sus bocas hambrientas temblaban de placer e impotencia al ver a Oscar tan cerca, y a la vez tan lejos. Era un cuadro espeluznantemente horrible. Por lo menos debía de haber más de cincuenta cuerpos. La mayoría de ellos estaban decapitados, amontonados unos encima de otros. Una sangre oscura cubría una gran parte de la arena del parque. Y Oscar pudo ver como algunos cuerpos, tenían seccionados el tronco entero limpiamente.

 ¿Quién coño había tenido los cojones de enfrentarse a tantos de aquellos “Zumbados” con un arma blanca y salir ileso? ¿Qué clase de hombre tenía la suficiente fuerza como para partir a una persona completamente por la mitad como si cortara mantequilla?

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lunes, 18 de junio de 2012

Encuentro (I)

30 de Noviembre.




Ya había amanecido. Robert no sabría explicarlo, pero lo sabía. Era de día. Quizá medio día. Abrió los ojos con cuidado y vio como efectivamente el sol se colaba por uno de los agujeros del contenedor de basura. El hambre lo atenazaba por dentro. La sed era insoportable. Su boca estaba igual de seca que su bolsillo izquierdo. La espalda le dolía horrores por la postura tan incomoda en la que había permanecido durante todo el día y toda la noche en aquel sucio lugar. Sus piernas tampoco tenían intención de darle tregua. Unas agujetas lacerantes lo acuchillaban cada vez que trataba de moverse un poco. Todo el dolor de su cuerpo, junto con el pútrido hedor del contenedor, lo sofocaban. No podía respirar. Le faltaba el aire y se ahogaba allí dentro. Conforme su cuerpo se iba despertando, le era más insoportable permanecer allí quieto aguantando ese repugnante olor a basura y fluidos podridos. Estaba al borde de la muerte y era consciente de ello. La cabeza le ardía. Todo era tan insoportable que cuando quiso darse cuenta, ya estaba fuera del contenedor de basura protector y se esforzaba por respirar. Jadeaba sin descanso, tratando de que el fresco aroma penetrase en sus pulmones y arrancase ese olor tan desagradable que parecía haberse pegado a sus entrañas.

Cuando por fin se repuso un poco, una oleada de terror animal lo trajo de vuelta a la realidad. Estaba fuera del cubo y los monstruos que lo perseguían podrían haberlo visto. Ya no tenía escapatoria. Miró con los ojos saliendo de sus órbitas en todas direcciones, loco de terror. Su pulso se aceleró y no era consciente siquiera de lo que trataba de observar. No había nada. Absolutamente nada. La calle estaba vacía. Desprovista de todo indicio de que antes hubo una civilización. Papeles de periódicos y latas de refrescos, surcaban las calzadas sin ningún coche que los arrastrase fuera. El aire campaba a sus anchas, dotando al paisaje de un ambiente más aterrador si cabe. El sol brillaba a lo alto, pero no parecía consolar el corazón desbocado de Robert, pues incluso su luz era ahora amenazante, salvaje.


*                     *                      *


Oscar despertó más o menos a la misma hora. El dedo que le faltaba en la mano derecha, le dolía penetrantemente como en los días pasados. No se había atrevido a salir fuera y buscar el botiquín, del que seguramente dispondría el centro, para administrarse analgésicos o calmantes contra el dolor. El día en que llegó a aquel lugar, la noche del “Día Zero”, se había practicado los primeros auxilios tal y como le enseñaron durante la instrucción. Recordaba cuando le dijeron que tenía que hacer frente a una herida profunda, de la que no se disponen vendajes ni antisépticos con que atenderla, Y pensaba que nunca en su vida se vería ante una situación semejante, para tener que emplear dicha técnica de supervivencia. Pero ahí estaba él, contra todo pronóstico, teniendo que usar sus escasos conocimientos de supervivencia y primeros auxilios.

Había cogido una bala de su pistola y con el cuchillo había extraído la pólvora del proyectil, rociándose el dedo con ella. Después con un mechero, que casualmente había encontrado en la cocina, inflamó la pólvora creando una luz cegadora, seguida de una nube blanca y asfixiante. El dolor fue horrible, pero funcionó el remedio. La herida dejo de sangrar al instante.

Ahora la quemadura o la herida, no sabía muy bien cual era la causa, le ardía por dentro y hacía que sus nervios vibrasen de dolor. Pero estaba resuelto a salir de allí para encontrarse con Olga y su padre. Lo revisó todo a fondo, pues había estado pensando en como salir de allí durante los tres días que había estado encerrado.

Tenía su M16 con el cargador lleno, la pistola enfundada en el cinturón, había bebido abundante agua puesto que no sabría cuanto tiempo iba a pasar ahí fuera, o si tendría que hacer noche en otro lugar refugiándose de nuevo sin alimentos ni agua. Sabía cual era la ruta a seguir, pues era muy sencilla. Únicamente debía avanzar por la larga avenida que se extendía desde la guardería, pasando por el parque y girar a mano izquierda en cuanto pasase el antiguo cuartel militar, que ahora había sido habilitado como centro escolar. Después pasaría por un horno y el primer portal que encontrase, sería el Nº28. Su destino. Si en algún momento se veía en apuros, debería desviarse de la ruta y volver a esconderse en algún edificio, para volver a pasar dos días más allí dentro hasta que la zona quedase despejada y volver a salir a la calle y avanzar de nuevo hasta casa de su novia. Sí, lo tenía todo controlado. Se levantó de aquel frio suelo que le había estado machacando la espalda durante tres noches seguidas y avanzó hasta la salida de la cocina. Abrió con cuidado la puerta y avanzó por aquel desconocido lugar calculando cada paso que daba. Todo había sucedido tan rápido el día que entró, que no recordaba donde estaba la puerta de salida. Avanzó unos metros y encontró el cuerpo inmóvil de una profesora con la cabeza partida. Al reconocer el cadáver, pudo orientarse y descubrió la puerta de salida justo a su izquierda.

Estaba abierta…
*                     *                      *








Robert deambuló por las calles totalmente aturdido. Necesitaba agua. Tenía la garganta tan reseca que incluso le costaba respirar. No le importaba ser descubierto pues su cuerpo lo arrastraba con las últimas fuerzas que le quedaban, en busca del líquido elemento.

No fue consciente en todo el trayecto, de la suerte que lo acompañaba. Estaba andando totalmente desprotegido y siendo un blanco fácil, pues nada más a parte de él se movía en los alrededores. No había monstruos en todo el barrio. No había nada más que él y su sed. Deambulaba sin rumbo y totalmente agotado pasando por calles que le eran familiares.

En el fondo sabía donde se dirigía. Era el único sitio donde encontraría algo que le calmase la sed. Recorrió una interminable avenida, donde dos enormes carreteras de cuatro carriles para cada sentido, le repetían una y otra vez lo solo que estaba en el mundo. No le importaba, pues siempre había estado más bien solo. Lo único que quería era agua. Cada paso que daba le martilleaba la cabeza sin piedad.

-Agua…-Repetía una y otra vez. –Agua… -Seguido de una tos seca que amenazaba con cerrarle la tráquea y dejarlo sin respiración.

Tras un largo caminar, no sabría decir si durante horas o milenios, Consiguió llegar a su amada meta. El centro comercial se abría ante él magnánimo, y le dio nuevas esperanzas para existir. Con las pocas fuerzas que le quedaban, aceleró el paso y llego hasta un restaurante con un cartel enorme de color rojo blanco y azul. Estaba cerrado y el interior era oscuro, pero le daba igual. No se dio cuenta de su insensatez hasta que entró como un loco y busco desesperado la despensa o el frigorífico del restaurante. Debía de estar en algún sitio se dijo. Y todavía conservaría las placas de hielo y los refrescos.

Efectivamente, lo encontró sin ningún problema. Entro en la barra y encontró los grifos expendedores de refrescos. Recordó como había estado allí una vez, al salir del trabajo. La camarera le llenó un vaso enorme hasta arriba con aquel grifo de Coca-Cola. No lo pensó dos veces y metió la cabeza de lleno bajo el grifo. El líquido se derramó sobre su cabeza. No le importaba si le ensuciaba el pelo más de lo que ya estaba. Abrió la boca y trago eufórico aquel liquido negro. Las burbujas le ardían en la garganta y el estómago pero no le importaba. Una sensación de frescor y saciedad lo embargó por unos segundos interminablemente exquisitos. Siempre había soñado con entrar en la barra y hacer eso mismo en los días de verano ¡y ahora el centro comercial era enteramente suyo!

El refresco le sentó de cine. Sintió cada caloría producida por el azúcar recorriendo su cuerpo. La cafeína tonificaba sus músculos y los reconfortaba. Su cuerpo y su mente por fin hallaron consuelo. No todo estaba perdido, se dijo a sí mismo. La vida podía ser maravillosa sin el dinero de por medio y respecto a los monstruos que lo acechaban… bueno, antes le chupaban la sangre los políticos con sus impuestos de modo que no había mucha diferencia.

Se adentró en la cocina y encendió los fogones que, supuso que eran de gas y todavía funcionaban. Busco en una enorme nevera, aquellas hamburguesas que tanto le gustaban y se dispuso a prepararse una comida hipercalórico que su cuerpo agradecería. En él frigorífico de la despensa, había prácticamente de todo. La carne sería lo primero en descomponerse cuando las barras de hielo se deshicieran. De modo que se prepararía un buen costillar, una hamburguesa enorme y cualquier cosa que pudiese cocinar. La boca se le hacía agua solo con pensar en la jugosa comida que estaba apunto de digerir y mientras lo preparaba todo para cocinar, abrió una bolsa de papas y empezó a devorarlas, para que la espera hasta poder comer aquella carne no se hiciese insufrible.

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