martes, 15 de mayo de 2012

Realizar la iluminación es como la luna que se refleja en la sangre caliente. La luna no se mancha, ni la sangre se perturba. (II)

        Los había olido. Sabía que algo suculento se ocultaba tras esos arboles. Cada vez estaba más cerca, olfateando frenéticamente. Saito permaneció todavía más inmóvil si cabe, sin despegar la mirada de aquel ser repugnante. Si era necesario pelearía hasta la muerte contra cientos de ellos con tal de darle una oportunidad a su hijo. Pero justo cuando aquel monstruo estaba debajo de ellos, se escuchó un disparo a lo lejos. Todos los zombis de alrededor giraron sus cabezas al unísono. El ruido significaba comida. Los gules que se encontraban dentro del parque, gritaron y se pusieron a correr hacia el lugar del disparo.

            En pocos segundos la plaza quedó desierta, con un silencio mortuorio envolviendo cada esquina de la calle. A lo lejos se escucharon entonces, abominables gritos y luego más disparos. Saito lo escuchaba todo como un mero observador. No le importaba si todavía quedaban supervivientes, solo queria salvar a su hijo y ese era el mejor momento. Debía despertarlo como fuera.


            Ikari se movió casi inperceptiblemente. Abrió los ojos para alivio de Saito y se incorporó pesadamente sin mediar palabra. Parecía aturdido y miraba desconfiado en todas direcciones.

            -Gracias a los dioses. ¿Cómo te encuentras hijo mio? –Susurró. Pero no obtubo respuesta. Su hijo todavía se encontraba en estado de shock. Posiblemente no volvería a hablar jamas. Aunque Saito confiaba en su hijo. Era fuerte y se recuperaría pronto. –Bien, esto es lo que vamos a hacer. Debemos llegar hasta casa. Allí estaremos a salvo y a penas nos separan unos quinientos metros. –Dijo mientras buscaba en el bolsillo de su pantalón y sacaba unas llaves. –Cogelas Ikari. Tu iras primero y yo te cubriré las espaldas.

            -¿Quién es usted? –Preguntó asustado en japones.

            -¿No me reconoces? Soy tu padre. Reacciona por favor. –Los temores de Saito se hacían realidad. Su hijo tardaría todavía unos días en recuperarse. Un tiempo con el que Saito no contaba. –Hijo mio… Sé que son momentos dificiles, pero debes ser fuerte. Sé que ha debido de ser duro, ver lo que le han hecho a Ukiko, pero debemos irnos a casa. Allí estaremos a salvo. Ya no podemos hacer nada por ella hijo mío.

            -¿U-ki-ko…? –Balbuceó Ikari. Las horribles imágenes de lo sucedido aquella misma tarde azotaron su mente sin piedad. Aquella ultima imagen de su novia totalmente aterrada, en apuros y sin oportunidad de salvación. La mente de Ikari no pudo soportarlo y algo explotó dentro de su cabeza, incapaz de soportarlo todo de golpe. -¡¡¡UKIKOO!!! –Gritó ensordeciendo a su padre. Sus ojos estaban abiertos como platos y su mandibula abierta de una manera casi inhumana. -¡¡¡UKIKOOO!!!

- No grites o nos descubriran. –Dijo saito tratando de taparle la boca. Pero ya era demasiado tarde. Un rugido que provenía de un par de manzanas de distancia lo confirmó todo. – Maldita sea, ya vienen. ¡Ikari por lo que más quieras reacciona! Tenemos que irnos ¡Ya!

            Ikari no dejaba de gritar desgarradoramente. Había perdido el juicio definitivamente. Pensó Saito. No había escapatoria y no se iria de este mundo sin hacer una buena limpieza antes. No le quedaba otra opción. Pelearía hasta la muerte con tal de darle una oportunidad a su hijo.

            -Adios, hijo mio. –Lo miró por última vez y sin pestañear bajó del arbol desenfundando su katana y esperando a que la muerte llegase.

            No quería ver como mataban a su hijo mientras seguía gritando, de modo que mataría a todos los que pudiera antes de morir.

            El parque quedó totalmente abarrotado de aquellos seres. Saito estaba en paz consigo mismo. Cerró los ojos y utilizó la técnica secreta por la que había estado entrenando durante años. El tiempo parecía dilatarse. Veía acercarse a los zombis a cámara lenta, mientras él los aniquilaba a una velocidad vertiginosa. Lo atacaban por todas partes, pero no se dejaría amedrentar. Sus movimientos eran fáciles de interceptar para los experimentados ojos de Saito. Uno se abalanzó sobre él desde su espalda, y Saito lo dejó pasar creando un vacio haciendo que tropezase con el filo de su espada. Otro lo siguió desde su derecha y Saito continuó la circunferencia de su espada ascendente mente, partiendolo en dos de abajo hacia arriba.

            Cada vez había más y más. Saito los cortaba de tres en tres, dejaba un espacio libre y continuaba cortando carne. En un momento dado, se vió totalmente rodeado por una muralla de carne y dientes. Entonces se abrió camino cortando piernas. Su unica manera de escapar era pasar por debajo de aquellas alimañas, segando piernas y más piernas. Uno de ellos al caer lo cogió por el brazo y saito le propinó un corte en la axsila, quedandose con el brazo cercenado todavía agarrandolo con fuerza. Con un golpe seco, logró que el brazo saliese disparado en dirección a uno de sus atacantes. Consiguió un poco de espacio donde continuar peleando, pero incluso aquellos a los que le había cortado las extremidades inferiores, continuaban acercandose hacia el arrastrandose por el suelo.

            Saito nisiquiera podía ver el arbol donde estaba su hijo. Todo lo que le rodeaba eran uñas y dientes. Una maraña de manos que ansiaban sus intesinos. Cada movimiento se convertía en algo perfecto. Podía sentir la presencia incluso de aquellos que se aproximaban por su espalda. Saito estaba envuelto en placer. A pesar de que estaba rodeado y de que no podría aguantar mucho más tiempo, su mente estayaba de gozo al sentirse unido al ser interno. Esto era lo que debieron de sentir sus antepasados cuando entregaban sus vidas en el campo de batalla. Se sentía ligero como una pluma. Sus movimientos eran tan rapidos que no sentía esfuerzo alguno.

            -¡Aguanta papá! –gritó una voz a lo lejos, sin desconcentrar a Saito que ya sabía perfectamente quien era. Ikari despertó de su enajenación, escuchando sus propios gritos. Algo dentro suyo recobró la conciencia y se vio a si mismo gritando. Era una situación desconcertante hasta la médula. Al ver a su padre entre aquella maraña de diablos, solo pudo que correr en su ayuda. Se abrió camino en la retaguardia de los monstruos, cuya única mirada estaba centrada en Saito. Ni siquiera se giraban para ver quien los mataba. Poco a poco Ikari abrió una brecha entre aquella cantidad ingente de personas. Era como tratar de ponerse en primera fila a base de estocadas, en un concierto de Heavy Metal.
            -¿Tienes las llaves? –Preguntó Saito sin vacilar ni un momento en sus mortales acometidas.

            -¡Las tengo! ¡Rápido, todavía llegan más! –Gritó Ikari mientras no dejaba títere con cabeza.

            -¡Ikari, Corre! Yo te alcanzo. –Dijo su padre, sumergiendose de lleno en el oleaje de infectados.

            Ikari se abrió paso hasta la salida del parque. Solo pensaba en correr sin detenerse hasta llegar a su casa. Había luna llena y eso le facilitaba mucho las cosas. Correr a ciegas significaba la posibilidad de tropezar estrepitosamente.

            Depredadores que jamás había conocido, lo seguían de cerca. Eran rapidos como demonios. Ikari tenía el pelo de la nuca erizado. Jamás había sentido tanto miedo. No era lo suficientemente rápido como para escapar de ellos. Le pisaban los talones, recordando distancia a cada zancada. No se molestó en darse la vuelta y girar la cabeza. Tansolo corrió más deprisa. No sabe como lo hacía pero algo dentro de él le daba las fuerzas necesarias para correr más y más rápido. Un par de sombras lo esperaban al otro lado de la larga avenida y en la acera de enfrente, otras tantas se unían a la persecución. Una se acercó peligrosamente por su derecha cruzando la calle. Ikari la repelió con un corte seco en el cuello, dejando la figura atrás. Esta hizo que las bestias que lo seguían a la carrera por la espalda tropezasen e interrumpiesen su persecución. Pero ese era el menor de los problemas de Ikari, pues unos cuantos se le acercaban de frente corriendo enloquecidos. Uno de ellos saltó energicamente hacia el para arroyarlo, pero Ikari consiguió apartarse. Entonces el resto de bestias que quedaban delante suyo se avalanzaron contra él.

            Fue un segundo eterno. Ikari podía apreciar como el monstruo más cercano se le echaba encima cada vez más cerca sin poder remediarlo. Quizá todo había terminado. No había tiempo para una estocada. Estaba demasiado cerca. 

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viernes, 11 de mayo de 2012

Realizar la iluminación es como la luna que se refleja en la sangre caliente. La luna no se mancha, ni la sangre se perturba. (I)


            Esa noche había luna llena. En ocasiones el silencio se rompia a causa de algún grito de ultratumba que provenía de ninguna parte. Las calles estaban brutalmente silenciosas, interrumpidas solo por los pasos de unos seres que antes fueron hombres, mujeres y niños. Esa noche ni siquiera los grillos se atrevieron a chirriar.

            Saito aguardaba agazapado en lo alto de un arbol de aquel funesto parque. No podía apartar de su cabeza la imagen de aquella pobre chica, totalmente descarnada. Le faltaban los brazos y las piernas. Aquellos carroñeros solo habían dejado las costillas y los musculos de la cara. Su cara, su rostro, estaba retorcido en una mueca imposible llena de agonía.

-Horrible sin duda. Pobre Ikari.- Pensó para sus adentros. Las imágenes atravesaron su cabeza fugazmente. Su hijo estaba totalmente enloquecido. Nunca habría podido adivinar, que de entre todas las posibles reacciones ante una situación extrema, su hijo hubiese reaccionado de ese modo. Era horrible incluso para el. Decadas de entrenamiento riguroso, para ser sorprendido por su propio hijo. Pobre Ikari. Volvió a pensar, mientras dejaba rienda suelta a los recuerdos de aquella tarde.

            “Minutos despues de que su hijo entrase en el parque, llegó Saito. Había estado corriendo lo más deprisa que pudo, pero le fue imposible alcanzar a Ikari a tiempo. Para cuando consiguió llegar, ya era demasiado tarde.

            Pobre Ikari. Se dijo de nuevo.

            Aquel ya no era su hijo. Lo que Saito contemplo al entrar en el parque lo dejó con la boca abierta. Eso que estaba delante de él ya no era su hijo. Tan solo una maraña fugaz de acero volando en el aire y cercenando todo lo que encontraba a su paso. Un grito terrible brotaba de sus labios. Aquello no se podía considerar un “kiai”, pues aquel grito hacía que hasta los arboles se estremeciesen de terror.

            Cada vez llegaban más y más de esos espantosos humanoides atraidos por los gritos de aquel muchacho. Y en el centro mismo de aquella reunión de diablos, se alzaba el más temible de todos, blandiendo su sable. Era un torbellino de sangre que proyectaba a varios metros de distancia, las cabezas de sus desafortunados depredadores. Incluso alguno de ellos huían despavoridos ante tal espectáculo. Un gran círculo de cuerpos inertes se ampliaba cada vez más y más a medida que los monstruos iban callendo bajo la espada de su hijo. Saito jamas había visto a nadie blandir la katana de ese modo. Sus movimientos eran tan rápidos que incluso Saito tenía dificultades para leerlos.

            Prodigioso. Se dijo a si mismo cuando porfín pudo salir de su asombro ante tal carnicería. Decidió acercarse hasta Ikari, segando algun que otro monstruo que se ponía en su camino. Debía detenerlo o de lo contrario se verían acorralados por una centena de monstruos. Si continuaba con ese ritmo, su cuerpo no lo soportaría y caería fulminado de puro agotamiento.

Ikari acabó con la comitíba de zombis sin parar de gritar. Tenía los ojos en blanco y su expresión era inmutable a pesar de sus gritos. Hubo unos instantes de tensión. Pero a pesra de ello no se aparecieron más de esos monstruos. De momento.

Era el momento oportuno. Debía detenerlo antes de que llegasen más de esas cosas.

            -Ikari detente. Por todos los dioses ¿Qué te ocurre? –Le dijo. Pero fue como hablarle a un muro. A lo lejos se escuchaban rugidos y chirridos de otros monstruos, en contestación ante tanto alboroto. Parece que querían unirse a la fiesta. Debía hacer algo. Golpear a su hijo no le agradaba, pero no tenía otra opción. Lo noquearía y lo pondría a salvo antes de que se quedasen atrapados por uñas y dientes.

            Se acercó con precaución hacia su hijo. No sabía si tambien lo atacaría a él. A Saito le resultaba imposible prever la reacción que tendría su hijo cuando se acercase a él, pero no le importaba. Debía ponerlo a salvo como fuera posible. Ikari permanecía inmóvil con los dientes apretados y los músculos de la cara totalmente contraídos. Era como una bestia. Saito se detuvo a un par de metros de su espalda para observarlo. A pesar de su esfuerzo sobrehumano en aquellos extraños movimientos, Ikari apenas jadeaba. Su respiración no estaba acelerada y únicamente se escuchaba un ligero gruñido. Un gruñido gutural y aterrador.  Al menos había dejado de gritar.

Saito se encontraba a la distancia que necesitaba para noquear a su hijo con la suficiente velocidad como para no dejarle tiempo a una posible reacción. Entonces, fue cuando de pronto los ojos de su hijo volvieron a ser oscuros. Giró la cabeza hasta mirar a su padre fijamente a los ojos. Saito apreció entonces que la mirada de su hijo estaba perdida y vidriosa.

            -¿Padre? –Dijo totalmente desorientado.

            -Asi es, hijo mio. De prisa, debemos irnos antes de que vengan más. –Contestó- Vamos Ikari, ¡corre!- Apremió a su hijo. Pero los pies de éste  no reaccionaron. Ikari se desplomó en el suelo inconsciente, a pesar de que su mano derecha todavía estaba fuertemente ceñida, sobre la empoñadura de su espada.

            Saito no sabía que le ocurría a su hijo. Pero actuó rapidamente tal y como su ser interno así se lo ordenó. A lo lejos se podía escuchar el trote de unas piernas que seguramente ya no eran las de un ser humano. Por lo menos debía de haber unos cien o doscientos de aquellos seres inmundos acercandose al lugar de los hechos. Cogió a Ikari como si de un saco de patatas se tratase. Apenas sintió el peso de su hijo que era casi igual de corpulento que él mismo. Un vistazo rápido y desesperado le dio la solución más inmediata. Se subió a lo alto de un arbol que estaba a unos pasos de su posición, con su hijo todavía colgando de su hombro y aquellos gules cada vez más cerca.

             Parecía un sitio bastante seguro. Ahora solo debía esperar hasta que Ikari recobrase el conocimiento y guardar silencio. Las hojas de aquel arbol lo ocultaría, pero para ello debería permanecer inmovil.

-Esos diablos ni siquiera pensarán en mirar más arriba de sus cabezas- Pensó para tranquilizarse.

            Saito giró la cabeza para mirar la retaguardia y fue entonces cuando vio el cuerpo mutilado de aquella chica, que tantas veces había saludado, como si de una hija se tratase. Aunque era casi irreconocible aquel amasijo de visceras, Saito supo que se trataba de Ukiko. Algo en su corazón lo sabía. Aquel buda encarnado en la dulce piel de Ukiko no se merecía haber muerto de esa forma… Pobre Ikari. Volvío a repetirse a si mismo.

            Aguardó allí durante todo el día. Ni el hambre ni la sed lo molestaron. Saito era capaz de ayunar un mes entero bebiendo apenas un vaso de agua al día. De algo debía servirle tanto entrenamiento. Pero Ikari no despertaba y cada vez oscurecía más la tarde. En cualquier momento quedarian atrapados en medio de la oscura ciudad, plagada de carroñeros insaciables.

            Por fín el sol se ocultó, sumiendo en la oscuridad a Saito y su hijo todavía inconsciente. “

            Y Allí estaba él. Había pasado más de ocho horas, sin hacer el más minimo ruido en todo ese tiempo. No podía dejar de pensar en todo lo ocurrido. Era demasiado incluso para el. Lo que más lamentaba era la muerte de Ukiko. Aquella chica era la alegría de la familia. La vida era más digna cuando veía la alegría en los ojos de su hijo. Sabía que era todo gracias a esa personita tan humilde llamada Ukiko. Pero que los kamis dejasen morir de esta manera a un ser tan puro…

            Ahora no había tiempo de lamentarse o pedir explicaciones a Entes superiores a él. Debía poner a salvo a su hijo. Debía tratar de despertar lo como fuese. Ya había tardado demasiado. Saito empezaba a temerse lo peor. Quedarse allí encerrado con su hijo en estado catatónico por el shock. La muerte no lo asustaba. De ninguna manera abandonaría a su hijo. Ahora era todo lo que le quedaba y con gusto moriría por salvarlo. Esperaría a que se despertase, protegiendolo hasta su último aliento.

Justo en ese momento, uno de aquellos carroñeros vestido con piel humana, se acerco peligrosamente hasta el arbol donde padre e hijo aguardaban. Tenía la cara destrozada y le colgaba un ojo. El monstruo se paró en seco y comenzó a olfatear el aire. Su boca se abrió sedienta de sangre, emitiendo un sonido parecido al que hace un gato cuando tiene una bola de pelo en la garganta. Con la vista fija en aquel árbol, avanzó torpemente sin desviar su rumbo.

            Los había olido...


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miércoles, 9 de mayo de 2012

El Día Zero (II)

Abrió la puerta con cuidado, por si estaba su primo pequeño detrás para darle un susto, pero no había nadie.

            -Ya estoy aquí, abuela. –Dijo en voz alta para ver si le contestaba su abuela, con el fin de saber en que punto de la casa se encontraba.

            Nadie contestó. Solo se escuchó el sonido de una puerta al cerrarse. Ahora lo comprendió todo. Seguramente su abuela había dejado la puerta abierta por que tendría que ir al baño. Decidió ir hasta el pasillo a ver si veía salir del aseo a su abuela.

            El pasillo estaba oscuro, como siempre. Sus abuelos tenían por costumbre dejar las persianas cerradas en las horas de más luz, con el fin de preservar la casa fresca durante todo el día. Eran personas mayores y de pueblo y rechazaban el aire acondicionado y demás tecnologías.

            Cuando los ojos de Ikari se acostumbraron a la oscuridad, vio una sombra que se adivinaba al final del pasillo. Era su abuelo. Tenía dificultades para andar debido a un accidente en el trabajo, hacía varios años. Además las ratas le mordieron en el talón de Aquiles. Por eso le costaba andar por el pasillo a oscuras.

            -¡Abuelo! ¿Qué tal estas? –Dijo él mientras se acercaba para darle un abrazo y un beso. Pero el abuelo no contestó. Últimamente se estaba quedando un poco sordo. De modo que decidió acercarse a saludarle sin más.

            Un sexto sentido hizo retroceder a Ikari. Le extrañó que su ser interno se pusiera alerta en un momento de tan poca relevancia. Pero el ser interno nunca se equivoca, de modo que Ikari se quedó a mitad del pasillo y observo a su abuelo detenidamente. Le caía la baba y gemía más que de costumbre. ¿Le estaría dando un infarto y por eso le avisaba su ser interno? No tuvo tiempo de comprobarlo.

            Su abuelo se abalanzó contra el como un león hambriento lanzando gritos histéricos. Cuando Ikari quiso darse cuenta, ya estaba tumbado en el suelo y su abuelo le gritaba al oído mientras trataba de morderle el cuello.

            -Abuelo, por favor, suéltame, ¡me haces daño! –Fue todo lo que pudo decir. A Ikari no le cabía en la cabeza por que motivo su abuelo se estaba comportando de esa manera. ¿Quizá estaba bromeando? No podía ser. Su abuelo era un hombre muy serio y respetable. – ¿Pero que narices ocurre? Déjame, esto no me hace gracia. –Dijo el joven cada vez más nervioso.

            Su abuelo trataba de abrirle los hombros para morderle el cuello. Pero Ikari tenía mucha fuerza y no se lo permitía. Aun así le era imposible zafarse, aunque fuera disimuladamente de su agarre. El ser interno de Ikari tomó las riendas de la situación y su cuerpo se movió hacia un lado para quitarse de encima a su abuelo. Pero le fue imposible. Fue entonces cuando Ikari supo que estaba en peligro y que no podía escapar de esa cosa que tenía puesta la piel de su abuelo, aunque pusiera todo su empeño.

            -Tú no eres mi abuelo. ¡Socorrrooo, auxilio! –Gritó desesperado. No sabía cuanto tiempo podría aguantar la cabeza de su abuelo para que no le mordiese en ninguna parte. Todo esto era como una pesadilla. Jamás se habría imaginado que su abuelo se comportase de esa manera.

            Ikari perdió los nervios y las fuerzas comenzaron a flaquearle. Se debatía entre la vida y la muerte contra un ser que parecía sacado de alguna película de terror. Su abuelo gesticulaba fuertemente mientras gritaba de manera ensordecedora y su cabeza se movía como la de un perro rabioso tratando de despedazar a su presa. Las fauces de aquel monstruo cada vez estaban más cerca del cuello de Ikari. Su mente se resistía a tener que golpear a su abuelo. Y eso iba a costarle la vida. Sintió el aliento fétido en su cuello. Estaba apunto de ceder ante la fuerza de aquel ser que aumentaba por momentos.

            Cuando todo estaba perdido, un resplandor azul rozó la cabeza de aquel depredador acompañado de un sonido metálico, que acallaron los gemidos de la bestia. Al cabo de unos instantes de pura tensión, su cabeza rodó por el pavimento dejando escapar a Ikari de aquel abrazo mortal.

             Delante de él se alzaba una figura imponente que portaba un sable japonés en su mano derecha. Sacudió la sangre adherida en el acero con un golpe seco, y enfundó suavemente. Como haciendo una reverencia a la cabeza que acababa de cercenar.

            -¿Es que no has aprendido nada estos años? –Dijo la figura todavía oculta entre las sombras. Se puso de cuclillas y lo miró directamente a los ojos. Era Saito quien había matado a su propio padre sin dudarlo para salvar a su hijo. -¿Estás bien? ¿Te ha mordido o arañado? –Dijo mientras lo abrazaba fuertemente y lo examinaba de arriba a bajo.

            Ikari apenas podía hablar. Su autocontrol era formidable, pero nunca se había visto en una situación tan surrealista y extrema.

            -¿Es-Esst-Está…? –Balbuceó, aturdido.

            -¿A ti que te parece? Esa cosa ya no era tu abuelo. Vestía con su piel, pero no era tu abuelo.

            -¿Dónde está la abuela? –Fue todo lo que pudo decir.

            -Dudo mucho que haya sobrevivido encerrada en casa, con este monstruo que aparentaba ser su marido. –Dijo muy seguro de si mismo, señalando la cabeza del abuelo. A pesar de haber matado a su padre sin dudarlo, todavía conservaba una entereza y aplomo inauditos. –Ikari, debemos actuar con rapidez. Toma, no te separes de esto. Es lo único que puede salvarnos ahora mismo. –Dijo Saito mientras le entregaba a su hijo una segunda katana.

            Ikari la miró con las manos temblando. Lentamente, desenvainó un palmo de la hoja y el resplandor que de esta emanaba, proporcionaron a Ikari la templanza que llevaba años cultivando. En aquel preciso instante con los nervios y el miedo fuera de escena. Padre e hijo cruzaron sus miradas envueltos en un halo de concentración y determinación inmutables. Ikari le hizo una reverencia perfecta a su padre y dijo:


            -Gracias a los kamis que habéis llegado a tiempo. Ahora mi vida os pertenece, padre.

            -No me debes nada. Tu vida es tuya y nada más. –Dijo Saito muy serio. Mientras le devolvía la reverencia a su hijo. –Vayamos a buscar el cuerpo de tu abuela para salir de dudas.

            Padre e hijo se pusieron en marcha, con Saito encabezando la inspección por el pasillo oscuro. No había tensión en el ambiente, pues ambos sabían perfectamente lo que iban a encontrarse. Llegaron al final del pasillo y giraron a la derecha. Donde se encontraba la habitación con la cama de matrimonio. La puerta estaba entre abierta y solo se veía la esquina inferior derecha de la cama. Había sangre. Saito hizo un gesto a su hijo para que se quedase atrás. No quería que viera lo que se encontraba allí dentro. Abrió la puerta lentamente y los ojos de Saito se abrieron como dos platos, para luego volver a adoptar un semblante de concentración absoluta. Su mirada se desvió unos segundos hacia el suelo y acto seguido cerro la puerta. No… era mejor que su hijo no viera lo poco que quedaba de su abuela.

            -¿Está muerta, verdad? –Preguntó Ikari sabiendo la respuesta de antemano. Jamás había visto esa expresión en la cara de su padre. Siempre se mostraba amable o concentrado, pero nunca nada, había conseguido que su padre se sobresaltara de esa manera como acababa de ver.

            -No temas por ella, ahora se ha reunido con nuestros antepasados. –Dijo Saito, para toda respuesta, mientras le indicaba a Ikari que volviesen hacia el salón.

            Ambos estaban tan concentrados, que apenas sintieron dolor ante lo sucedido. Ni siquiera cuando pasaron el cuerpo inmóvil de su abuelo, y lo rebasaron pasando por encima suyo para llegar al salón, como si de un trasto viejo se tratase.

            Al llegar allí, Saito tomo la iniciativa en romper el silencio.

            –Bien, te explicaré lo que debemos hacer ahora mismo. Todo el mundo ahí abajo, en la calle y posiblemente en el mundo entero, se ha vuelto loco al igual que tu abuelo. Nada más aparcar el coche he tenido que matar a un par de esos monstruos y es entonces cuando he corrido en tu ayuda. Desconozco los motivos pero debemos… Ikari, Ikari presta atención por favor… ¿Qué Te ocurre?, ¿Por qué me miras así?

            Pero Ikari ya no estaba allí, en casa de sus abuelos junto con su padre. Su mente lo había trasladado a un lugar muy concreto. El parque amarillo donde iba a reunirse con Ukiko.

La adrenalina explotó en su interior y su cuerpo salió disparado hacia la puerta.

            -¡Espera Ikari, es muy peligroso salir ahora mismo! Las calles están abarrotadas de diablos. ¡Quieto! –Pero no pudo siquiera agarra a su hijo para impedírselo. Ikari ya estaba bajando las escaleras como alma que lleva el diablo. Para él no existían escaleras. Solo saltaba de una altura a otra y volvía a saltar. Saito salió tras él con la esperanza de cogerlo a tiempo antes de que saliera del edificio. Pero su cuerpo no podía compararse con el de un joven lleno de adrenalina. – ¡Ikari detente ahora mismo, te lo ruego! –Gritó desconsolado su padre. Pero ya era demasiado tarde. Cuando su padre apenas había llegado al segundo piso, escucho como se cerraba la puerta que daba al exterior del edificio.


            Ikari corría tan deprisa que ni siquiera vio a la cantidad de personas que se desplegaban en el suelo descuartizadas. Ni de los seres que lo miraban con mirada hambrienta. En su cabeza solo se escuchaba la voz de Ukiko.

            “Mas te vale llegar pronto, de lo contrario me moriré”.

             Cruzó la avenida de su casa como un rayo pasando por encima de los coches. Su cuerpo era puro nervio en plena explosión. Solo tenía que recorrer una calle larga para llegar hasta el parque.

            “…llegar tarde, de lo contrario me moriré.”

            Su corazón latía con fuerza en su pecho. Su respiración se aceleraba a cada paso. No sentía cansancio alguno. Solamente veía la cara de Ukiko, tan dulce y cálida como siempre hablándole. ¿Qué estaba diciendo? ¿Qué trataba de decirle?

            “… de lo contrario me moriré”

            En menos de un minuto había llegado hasta la mitad del camino. A lo lejos ya distinguía aquel parque que tantas emociones y sensaciones habían sentido juntos. Su primer beso, sus primeras caricias. Allí habían reído y llorado juntos durante horas. Abrazados sin importar quien les estuviera mirando. De ninguna manera. Todavía podía salvarla.

            Solo unos metros más. Pensó. Aguanta Ukiko. No dejaré que te hagan daño.

            “… de lo contrario…”

            Un grito rompió el trance de Ikari. Un grito horrible y desgarrador. Un grito de auxilio desesperado, que provenía del parque.

            -¡Ukiko aguanta! –Grito en respuesta de aquel chillido.

            Entró en el parque y se encontró entonces, con lo que había soñado aquella noche.

            “…moriré.”

            -¡NOOO! –Gritó salvajemente. Casi rugiendo. –¡Dejadla en paz, cabrones!

            Tres horribles monstruos de piel oscura y vestidos con chilabas se acercaban a Ukiko, que permanecía sentada e inmóvil en un banco, gritando desconsoladamente. Ikari corrió lo más que pudo pero lo último que vio fue como se abalanzaban contra ella y aquel sonido horrible que jamás olvidaría. El sonido de una vida que se rompe a pedazos. Huesos y vísceras crujían a la vez que el corazón de Ikari dejaba de latir. Unos instantes agónicos en el que se detuvo el tiempo.

            Lo siguiente que vio Ikari mientras el mundo permanecía en silencio, fue a aquellos monstruos con piel humana y el rostro empapado en sangre, alejarse del cuerpo. Donde hace unos segundos había estado Ukiko sentada, ahora solo se veían sangre y vísceras. Y un rostro sin piel con la boca abierta en un grito agónico hacia el cielo. La había desguazado como quien despieza a un cerdo en la carnicería. La pura e inocente Ukiko había muerto de la manera más horrible que un ser humano se puede merecer.

            Ikarí no podía dar crédito a lo que estaba viendo. En un instante, la mujer de su vida en peligro y un segundo después había desaparecido para siempre de su vida, sin poder hacer nada para remediarlo. Era enloquecedor. Todo había acabado para él. La imagen de aquellos horribles monstruos acercándose hacia él parecía difuminarse. Ya nada le importaba.

            Todo estaba borroso.

            Cada vez más oscuro y los monstruos más cerca.

            Todo se apagaba a su alrededor, cada vez más oscuro.

             La oscuridad lo invadía todo…

            Los monstruos se le echaban encima….
           
            Oscuridad…

            Oscuridad… Ya no hay escapatoria.

            Todo quedó a oscuras en los ojos de Ikari.


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