lunes, 28 de mayo de 2012

Disolución (I)

 Día 29 de Noviembre. Valencia. España.

            Oscar no había podido dormir en esos dos días que llevaba allí metido. La angustia lo atenazaba por dentro. Desde pequeño, siempre había tenido miedo al fin del mundo y todas esas “Tonterías catastrofistas” como decía su madre. A él le aterraba la idea de que el equilibrio de su circulo familiar se viese amenazado por algo superior a él, como un tornado, una inundación, un terremoto. Le aterraba la idea de tener que dejar su casa o perder a sus padres para siempre. Le aterraba un cambio tan brusco y radical en su vida. Más tarde se alistó en el ejército para ayudar económicamente a su familia. Pero en el fondo,  Oscar lo que más le interesaba era superar sus miedos. Ser una persona totalmente libre emocionalmente y para ello, sabía que debía vencer todos sus miedos y vaya que si los venció. La instrucción fue muy dura pero cada noche cuando se acostaba en aquella fría litera del cuartel, sentía que había hecho algo productivo. Sentía que se estaba cambiando a si mismo y eso era algo que le reconfortaba muchísimo. Sus miedos desaparecieron rápida y gradualmente, dejando a su paso una sensación de autosuficiencia y seguridad muy agradables.

            Ahora en aquel comedor mugriento, con olor a comida podrida y sangre seca, no le preocupaba si estaba solo o si se encontraba en una situación delicada. Lo que realmente le preocupaba, era si su núcleo familiar había sido destruido para siempre. Eso era lo que le angustiaba, encontrarse solo sin tener un lugar o alguien con quien regresar.

            Volvió a recordar aquel día como llevaba haciendo dos noches atrás. No sabía muy bien porque lo hacía. Seguramente, trataba de darse seguridad a si mismo de que su novia y su suegro estarían bien tras dejarlos atrás aquel día. Repasaba una y otra vez la escena, para auto-convencerse, de que todo saldría bien.

>>El “Día Zero” se encontraba en una de las carpas de salvamente que se extendían por toda la ciudad, además de todo el país, para socorrer a los heridos frente al ataque de las ratas. Había pasado una semana y la gente ya volvía a sus casas con normalidad. Únicamente se acercaban a los puestos de salvamento para recibir las curas diarias o conseguir vendajes y medicamentos. Oscar se encargaba de conducir uno de los muchos camiones de suministros. A diario se encargaba de transportar una gran variedad de útiles desde la base hasta las carpas. Mientras conducía de camino a la base para pasar revisión y hacer inventario de los recursos transportados aquella jornada, la radio comenzó a emitir un inquietante mensaje.

-¡¡Se han vuelto todos locos, solicito refuerzos!! –Apenas había protocolo o códigos de comunicación. La voz de aquel hombre sonaba desesperada, perdiendo las formas a cada palabra.

-Aquí campamento nº 23 a todas las unidades. Hay un agente herido y varias bajas. Solicitamos apoyo militar. ¡Se lo están comiendo vivo! ¡¿Pero que cojones pasa aquí?! Aquí campamento n23 a… ¡No de un paso más! ¡Manténgase dentro del cordón de seguridad!..–De fondo se escuchaba toda una jauría de gritos y disparos. Parecía que habían empezado las fallas antes de tiempo en Valencia. -¡Atrás, Atraaas! –La comunicación se corto con un espantoso sonido de disparo.

>>Oscar fue contagiado del histerismo que transmitían aquellas voces. La radio no dejaba de sonar. Primero sintió algo de curiosidad por saber que estaba pasando. Pero luego comprobó horrorizado que la gran mayoría de los campamentos de salvamento que estaban en Valencia estaban solicitando refuerzos. Había un dramatismo crudo en el ambiente mientras escuchaba los relatos de aquellas personas e incluso de compañeros. Algo realmente inquietante. ¿Mordiscos, locos comiéndose a personas? Sonaba a película de terror y lo peor de todo es que no podía tratarse de una broma.

>>El último mensaje que escuchó provenía del campamento que estaba a unas manzanas de la tienda donde Olga, su prometida, y su padre Pepe trabajaban. Después escucho órdenes desde la base donde trabajaba, donde se advertía de una retirada inmediata de todas las unidades movilizadas para el salvamento. Quien no estuviese en menos de dos horas en la base sería considerado enemigo y abrirían fuego contra él. Oscar se estremeció. Nunca había recibido una orden semejante. Sonaba incluso incoherente. Si precisamente estaban pidiendo refuerzos, ¿Cómo se iban a retirar todos?

>>Algo en la carretera desierta lo sacó de sus pensamientos. Un hombre estaba inmóvil justo delante de su camión. Estaba demasiado cerca para frenar y el parabrisas quedo salpicado de vísceras  y sangre. El chirrido de los neumáticos fue ensordecedor y punto estuvo de perder el control del camión.

-¡Mierda, mierda, mierda! –El sudor empapó su frente y bajó a toda prisa para ver que había pasado. -¿Pero estamos locos o que? Joder… ¡La he cagado joder!- Dijo mientras daba un portazo y corría hacia donde estaba el fardo que había atropellado. El cuerpo de aquel hombre había quedado totalmente destrozado. Todo empezó a darle vueltas a Oscar. Había sido entrenado para soportar cualquier cosa. Tenía un estomago de acero. Pero nunca había matado a un hombre. Nunca había visto un cadáver a pesar de estar en el ejército.

>>No supo como reaccionar. Salió corriendo de allí. Nadie lo había visto y si limpiaba la sangre del camión, nadie podría relacionarlo con la muerte. Mientras corría hacia el camión, tubo que parar un momento para arrojar. Los nervios se lo estaban comiendo por dentro. Volvió a girarse para ver el cadáver y vio a dos hombres más que lo observaban de cerca. Ni siquiera se preguntó de donde habían aparecido. Únicamente sintió todo el peso de la ley sobre su cabeza. Si aquellas personas lo habían visto, que era casi seguro, iría a la cárcel. Lo denunciarían. De modo que no podía dejar las cosas como estaban y huir con su camión. Debía prestar socorro para que al menos pareciese un accidente.

>>Volvió a acercarse donde se encontraba el cadáver.

-No se preocupen, pediré ayuda enseguida. Soy del ejercito. –Que tontería acababa de decir, se dijo a si mismo. ¿Cómo no iban a reconocer que era un militar si vestía con el uniforme? -¿Qué ha pasado? ¿Por qué se ha quedado quieto en mitad de la carretera? –Era lo más lógico. Guerra preventiva. Si alegaba que la victima se había lanzado contra el camión, tendría una posibilidad. Lo mejor era aparentar profesionalidad.

>>Oscar continuó acercándose. Ya tenía todo controlado en su cabeza. Había sido un accidente. Se convenció a si mismo. Esas dos personas estaban más alteradas que él, puesto que ni siquiera contestaban. Se limitaban a mirarlo. Apenas podían articular palabra se dijo a si mismo. Sus miradas estaban llenas de temor. Un temor casi salvaje. Cuando apenas faltaban unos veinte metros para llegar de nuevo al lugar del accidente. Los dos hombres arrancaron a correr hacia su dirección.

-Tranquilos, avisaré por radio y vendrá un equipo de salvamento. ¿Ustedes están bien? –Alzó los brazos para tranquilizarlos, pero ninguno de los dos emitió palabra alguna. Continuaron corriendo hacia él. Oscar se fijo en su modo de correr. Parecía que huían de algo. Iban demasiado deprisa para querer acercarse hasta el militar a pedir socorro. Ahora que los veía más de cerca, aquellos hombres no parecían normales. Quizá se habían escapado de algún psiquiátrico los tres y por eso aquel loco se había quedado quieto frente al camión.

>>Algo puso sobre aviso a Oscar. ¿Y si querían reprender contra él por haber atropellado a su amigo? La ciudad estaba toda en el caos y quizá estos hombres también estarían nerviosos por algo. Estaban muy cerca y fue entonces cuando vio que sus rostros estaban teñidos de sangre. Sus ojos no mostraban miedo o cólera. ¡Estaban ausentes de toda humanidad! Se podía sentir que únicamente querían hacerle daño.

>>El primero se abalanzó contra Oscar sin que pudiese reaccionar. El hombre gritaba histéricamente y esto le hizo pensar a Oscar que quizá había atropellado al hijo de este y por eso estaba así. No había que perder los pocos nervios que le quedaban. Se zafó de su agarre y lo tiró al suelo. El otro trató de lanzarle un golpe amorfo. Como si quisiera arañarle.

-Tranquilícense por favor. Todo saldrá bien. –Dijo tratando de alejarse un poco y ganar distancia. Pero no contestaron. Volvieron a la carga a por él. Querían despedazarlo. Estaban muy enfadados. -¡Por el amor de Dios, ha sido un accidente maldita sea! –Dijo mientras corría en círculos para evitar que le atacasen. La ausencia de dialogo fue lo que puso nervioso de verdad a Oscar. Aquellos hombres estaban convencidos en matarle por lo que había hecho. No había palabra que mediar con él. Fue entonces cuando recordó los avisos por radio.

 “Están todos locos… Se están comiendo a un policía”

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viernes, 25 de mayo de 2012

Tenemos que salir de aquí. (II)

Por fin, abrió la puerta un palmo. Lo suficiente para meter la cabeza y mirar al exterior. El tiempo se congeló en los ojos de Robert mientras esperaba a que su compañero emitiera un veredicto. Juan dio un espasmo y volvió a quedarse quieto.

-¿Qué ocurre, hay alguien o no? –Preguntó en voz baja mientras se acercaba lentamente hasta su compañero. Este, parecía concentrado en algo pues no prestaba atención a lo que Robert le decía. –Vamos, no me tengas en ascuas. –Pero Juan seguía sin responder. –Diablos Juan, dime algo. –Pero Juan ni siquiera le hacia señas con la mano para que se callase. De pronto un escalofrió y una tremenda sensación de soledad inundaron a Robert. Ahora se daba cuenta de que su amigo, estaba demasiado concentrado. Demasiado quieto…

Se acercó un poco más hacia su compañero, sintiendo los latidos de su corazón golpeándole en el pecho. El silencio se hizo insufrible. Tan intenso que Robert podía escuchar el propio silencio.

-¿Juan…Juan? –Preguntó con la garganta reseca. Nadie contestó.

En un intento desesperado por romper aquel mal sueño, aquella broma de mal gusto que le estaba gastando su amigo, se armó de valor y apoyó una mano en la espalda de Juan. Pero éste cayó al suelo produciendo un ruido sordo y abriendo la puerta de par en par. Su cabeza había desaparecido, arrancada de cuajo y el pasillo se encontraba inundado de sangre. Robert cayó al suelo totalmente petrificado de terror, Pues un hombre se alzaba imponente a un metro de distancia, asiendo la cabeza de su amigo con una mano. El rostro de Juan era horrible. Daba la sensación de ser una simple mascará vacía y sus ojos lo miraban fijamente. Antes de que la visión de Robert se nublase para dar paso al instinto de supervivencia más primitivo, pudo observar como la cabeza de su amigo, todavía parpadeaba. El hombre que sostenía la cabeza de esté, la lanzó violentamente contra Robert seguido de un alarido espeluznante, haciéndolo levantarse de un salto y retroceder hasta quedarse arrinconado en la pared de la habitación, mientras contemplaba como la cabeza había quedado aplastada cual sandía.

Aquel monstruo corrió violentamente hacia él para devorarlo. Robert reaccionó y corrió para refugiarse en una de las camillas para realizar radiografías, como único escudo contra aquel ser demente. El monstruo gritaba y escupía sangre a cada chirrido que emanaba de su garganta. Robert se puso tan histérico que empezó a reír nerviosamente mientras corría en dirección opuesta a la que se acercaba aquel loco. Si este intentaba alcanzarlo por la derecha, Robert corría hacia la izquierda interponiendo siempre la pesada camilla de la sala. Con un poco de suerte el monstruo lo perseguiría de tal forma que la salida quedaría a espaldas de Robert y podría huir por allí. Pero entonces entró otro de aquellos seres y lo rodearon. La risa de Robert se convirtió en carcajadas. Aquello parecía otro mal sueño, demasiado surrealista para ser cierto.

Estaba totalmente rodeado. Uno de ellos, el que acababa de entrar, se subió de un salto casi inhumano a la camilla y lo amenazó con los brazos, mientras el otro se acercaba por la derecha. La salida quedaba a la izquierda. Un brillo de esperanza azotó a Robert. Corrió hacia la salida, pero su cuerpo se detuvo en seco instintivamente al sentir que el monstruo que estaba arriba de la camilla se abalanzaba sobre él para impedirle la salida. Salió disparado contra la pared y se estampó de lleno, dándole a Robert las centésimas de segundo necesarias para salir de aquella horrible habitación. Corrió por el pasillo en dirección a la salida pero el suelo estaba lleno de sangre y resbaló, cayendo de espaldas al suelo. Justo en ese momento otro de aquellos chiflados atravesaba una ventana para abalanzarse contra él. Robert dio mil gracias al haberse resbalado y se levantó rápidamente para salir corriendo en la otra dirección, donde se ceñían sobre él los otros dos que se habían quedado atrás en la sala de rayos “X”. Robert apretó el paso y se tiró en plancha sobre los pies de uno de ellos. La sangre favoreció que el barrido fuese más potente y su agresor salió disparado de cabeza contra el que lo seguía de espaldas. Robert se levantó casi sin saber lo que hacía y corrió entonces para alcanzar otra de las salidas del hospital.

Todo pasó muy deprisa, Robert era conducido por una fuerza misteriosa que lo hacia sentirse unido a la dinámica de la persecución. Ya no era él quien corría sino su verdadero  instinto primitivo. Se sentía como un gato aterrorizado huyendo de sus captores. Los gritos de aquellas personas, si es que todavía eran personas, eran horribles y dotaban de un dramatismo asfixiante al ambiente del hospital y el eco era ensordecedor.  Ahora las paredes blancas ya no daban la sensación de higiene y seguridad, sino que hacían que Robert se sintiese en una jaula fruto de la decadencia humana. Aquellos seres eran muy rápidos y le recortaban distancia a cada zancada. Por fin consiguió salir al exterior. Robert no sabía a donde correr o donde esconderse y esto hizo que la esperanza se convirtiese en desolación. Para colmo eran más rápidos que él y la desolación pasó a convertirse en desesperación. Quería vivir. Tenía que vivir. Él no había hecho nada y no entendía porque lo perseguían como a un perro.

A la carrera, se le sumaron tres más de aquellas cosas. Cada grito diezmaba la voluntad de Robert. Sus piernas empezaban a fallarle y maldijo por vez primera que no se hiciese hincapié en la forma física en el Aikido. Tantos años entrenando las formas blandas y la “no-resistencia” habían hecho de Robert un ser flexible y paciente y con un gran crecimiento espiritual. Pero eso ahora, más que ayudarle le estorbaba. Su cuerpo estaba fofo y sus piernas no aguantarían mucho más el ritmo al que lo sometía la voluntad de vivir. ¿Dónde estaba el “ki” cuando más lo necesitaba?

Robert giró entonces por una calle aprovechando la perdida de visibilidad, se introdujo casi a la velocidad de la luz en un contenedor de basura, con la esperanza de haberse introducido lo suficientemente rápido para que no le hubiesen visto sus perseguidores. Robert se mordió el brazo para que no escuchasen sus gemidos desde el exterior. Esta era su última jugada. Si lo encontraban, no habría escapatoria. El aire palpitaba al son del caballo desbocado que había en el pecho de Robert. El aire era asfixiante por el hedor y Robert sintió nauseas por el esfuerzo y el aire pútrido que inundaba sus bronquios abiertos.

La tensión aumentó hasta límites insospechados cuando escucho pasos cerca del contenedor. Robert permaneció entonces inmóvil, casi evadiéndose de la realidad. Si lo veían se haría el muerto como última esperanza para que no le hiciesen daño. Era un instinto básico que tenía desde pequeño cuando se tapaba con la manta como protección contra sus fantasmas de la oscuridad.

Podía sentir como los monstruos que lo perseguían olfateaban el aire para buscarlo. El corazón de Robert no aguantaría mucho más ese ritmo, pensó. Estaba al borde del colapso. Sus pulsaciones eran tan fuertes y rápidas que calculó que tendría unas 200 pulsaciones por minuto. Estaban ahí fuera, eran más de cinco contra uno y le harían lo mismo que a Juan si lo descubrían. ¿Y si ya sabían que estaba allí dentro?

Pero algo en su interior se relajó cuando escucho por fin como se alejaban de su escondite. Seguramente el hedor de ahí dentro impidió que localizasen su olor. Eso ya no le importaba. Estaba a salvo de momento. El problema sería salir de allí…

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martes, 22 de mayo de 2012

Tenemos que salir de aquí. (I)

-Veamos como evoluciona el paciente. –Se dijo Robert mientras abría la puerta.
Las constantes vitales de aquel hombre eran regulares y un monótono pitido lo demostraba. Al parecer el ataque de las ratas lo había sorprendido en su camión. Aquel día hubo muchos accidentes y Alfredo fue uno de los que le toco tener uno de tantos. Robert todavía recordaba el estado en el que había llegado su paciente. Los bomberos habían tenido que serrar el techo de la cabina del camión para sacarlo. Una suerte que estuviese vivo, aunque fuese en coma. En los siete días desde su llegada al hospital, Alfredo no había recibido ni una visita y eso era algo que Robert sentía mucho. Por una parte, se sentía identificado con este paciente en particular. Comprendía la soledad de aquel camionero, sin familia, sin nada. Simplemente trabajar y vivir. A Robert le gustaba dedicar unos minutos a conversar a solas con aquel hombre, pues aunque supiese que estando en coma no podría contestarle, una parte de él le decía que al menos en aquellos instantes, ambos dejarían de estar solos.
               
-Bien, parece que vas mejorando Alfred. Cuando despiertes te invitaré a una cerveza. –Le dijo mientras anotaba un par de datos técnicos en su libreta. Robert era un hombre sencillo. Algo solitario pero amble. Le gustaba hacer que sus pacientes se sintiesen a gusto. Hacerles reír, quitarle hierro al drama que pudiesen tener aquellas pobres personas que debía de pasar, no por gusto, un par de días en el hospital por alguna dolencia.

De pronto un dedo tembló en la mano derecha de Alfred. Robert abrió mucho los ojos y luego, esbozando un semblante serio y profesional, volvió a mirar los aparatos de medición de las constantes vitales. Algo dentro de Robert se colmó de alegría. Ese hombre iba a salir del coma en tan solo una semana, de modo que no necesitaría apenas rehabilitación ni sufriría secuelas en su cerebro.

En esto estaba pensando Robert, cuando de pronto Alfred levantó completamente su tronco superior de la camilla. Su pulso y respiración se dispararon haciendo sonar las alarmas de las enfermeras. Robert, en sus quince años de profesión, jamás había visto una recuperación tan brusca. Alfred respiraba frenéticamente y sus ojos estaban abiertos como platos. Robert decidió entonces salir de la habitación y pedir ayuda a las enfermeras. Debía suministrarse un ansiolítico de inmediato o de lo contrario sufriría una parada cardíaca debido al shock tan repentino. El cuerpo humano no tolera bien los cambios bruscos y mucho menos si son veloces.

Salió al pasillo central buscando una enfermera, cuando de repente vio a dos pacientes todavía en bata y el culo al aire entrar en la sala de neonatos. Allí había una enfermera que les impediría pasar y les obligaría a volver a sus habitaciones.

-Ustedes no pueden estar aquí, vuelvan a sus… ¡Ahhhh! –Un grito ahogado y el sonido de cosas cayendo al suelo alertaron a Robert.


Corrió para socorrer a la enfermera ante tal atropello y cuando abrió la puerta observó como aquellos delincuentes habían dejado toda la habitación patas arriba. Un par de incubadoras se encontraban rotas y un reguero de sangre inundaba el recorrido. La enfermera estaba en el suelo pero tenía la tripa totalmente abierta como si de una rana diseccionada se tratase. Robert, confuso, buscó con la mirada donde se habían metido esos dos individuos. Sus años como aikidoka le obligaron a superar el horro que sentía al haber visto a la enfermera descuartizada. Sin duda debía detenerlos, reducirlos y avisar a seguridad. Pero cuando su mirada y la de ellos se cruzaron, el horror se hizo insoportable.

Los dos intrusos se encontraban agazapados uno frente al otro devorando un pequeño fardo de carne. Robert totalmente desorientado ante lo que veía, miró más de cerca y vio que aquellos fardos de carne, no eran otra cosa sino bebes recién nacidos.

Un grito de espanto despertó de su festín a uno de aquellos monstruos que lo miró fijamente con ojos inyectados en sangre y la cara totalmente manchada de sangre.

El horror se hizo insoportable cuando el monstruo se incorporó para abalanzarse sobre Robert.

-Robert despierta…. No grites. Solo es una pesadilla. –Le decía una voz.

Robert se incorporo totalmente empapado en sudor con los ojos desorbitados.

-¿Dónde estoy? –Preguntó

-Tranquilo, estas en el hospital, en la sala de rayos X pero si gritas, pronto estaremos en los estómagos de esos locos de ahí fuera. –Dijo su amigo señalando la puerta que daba a los pasillos. –Tío, si sigues teniendo esas pesadillas, acabaran por oírnos.
Por fin comenzó a recordar y a orientarse. Se encontraba encerrado junto a su compañero Juan. Habían pasado dos días desde aquel incidente.

-Sí… otra vez esas imágenes, esas pesadillas… No pedo quitármelas de la cabeza Juan. Creo que me estoy volviendo loco.

-Tranquilo, es normal. Cuando te saqué de la sala de Neonatos estabas pálido y por poco se hacen contigo esos cabrones. Yo, por suerte o por desgracia, no tuve tiempo de ver nada solo vi como le daban una paliza a el tío de seguridad y corrí para avisarte. Fue entonces cuando te encontré y salimos pitando. Dios… -Hizo una pausa abatido en sus recuerdos. Esto es horrible. No sé ni como conseguimos escapar y encerrarnos aquí.

-Me lo has contado mil veces. Esto es una locura. ¿Qué coño son esas cosas? ¿Terroristas, una secta satánica de caníbales? Ayer creía que llegaría algún tipo de ayuda… No sé… El ejército o algo. Pero me preocupa no saber nada del exterior. –Dijo Robert preocupado.

-Eso no es lo peor. Llevamos aquí dos días y en esta sala no hay alimentos ni bebida. Me duele la cabeza por la deshidratación. Hambre no tengo, porque de los nervios se me ha quitado, pero si no encontramos agua pronto, moriremos deshidratados.

-Lo sé… debemos salir de aquí como sea. Pero si no ha llegado la ayuda, significa que ahí fuera, en la calle todo está igual que aquí dentro. ¿Habrá sido un golpe de estado o algo así?

-No tengo ni idea. Pero esos tíos no parecían ni siquiera humanos. Sus movimientos estaban ausentes de inteligencia. Eran como animales.

Robert se echó a reír.

-Vamos hombre, seamos coherentes. ¿Quieres decirme que estamos bajo una invasión de zombis? –Volvió a reír Robert.

-Yo no he dicho eso, pero a veces, la realidad supera la ficción. ¿Y si las ratas huyesen de un virus o de monstruos como los que viste en la sala de Neonatos? –Tras decir esto, Robert adoptó un semblante ceniciento al recordar aquella horrible escena. -¿Acaso lo que te ocurrió en aquella habitación tenía algo de “coherente”? –Preguntó inquisitivo Juan.

-Quizá… quizá tengas razón. Pero los análisis de Alfred, no mostraron la presencia de ningún virus. ¡Ni siquiera un constipado! Incluso el virus VIH, que puede estar latente durante años en una persona, se detecta en los análisis.


-¿Intentas decirme que sería un virus fantasma? Vamos Robert... Tanto tú como yo sabemos que la medicina actual, tiene infinidad de fallos. Existen enfermedades muy extrañas que son imposibles de diagnosticar, donde la única solución es aplicar un tratamiento sintomático. Pero ambos sabemos que el problema no es que sea una enfermedad extraña, si no que es una enfermedad que no conoce la medicina moderna.

-Aunque existan enfermedades extrañas, estas presentan síntomas. –Robert se llevó las manos a la cabeza. –Es imposible que un virus permanezca latente en la sangre durante una semana y luego muestre sus síntomas tan repentinamente sin ninguna reacción por parte del cuerpo como fiebre o vómitos. –Sacudió la cabeza, perturbado. –Es imposible te digo.

-No tiene otra explicación Robert. Es demasiada coincidencia que una semana después del ataque de las ratas, se produzcan tres casos del mismo brote en este hospital. ¿Es que esas tres personas daban la casualidad de que estaban chifladas? ¿Dónde has visto una persona que se levante de estar una semana en coma y tenga una crisis de ansiedad severa?

-Admito que no lo sé. Pero es imposible que un virus inhiba las capacidades físicas y mentales de una persona y mucho menos que lo haga comportarse de una manera tan violenta. Incluso cuando estás contagiado con la Rabia, el virus tarda casi un año en incubarse y después hacen falta unas dos o tres semanas para que afecte al cerebro y el paciente muestre síntomas de hiperactividad o depresión. –Volvió a recordar los sucesos del “Día Zero” y reprimió una arcada. –Pero de ahí, a despertarte un día y no ser consciente siquiera de que estas devorando a un recién nacido… Es imposible te digo. Esto debe ser alguna secta o alguna organización terrorista. Pero es imposible que la naturaleza, haya creado por si sola un virus tan letal y sigiloso.

-Sea como sea Robert, tenemos que salir de aquí antes de que nos pudramos con tanta teoría. –Sentencio para cambiar de tema.

-No podemos salir de aquí. No sabemos que nos harán si nos cogen.

-De todas formas vamos a morir si no lo hacemos. Si nos quedamos aquí una noche más, moriremos deshidratados o empezaremos a pensar en comernos mutuamente por el hambre y la sed. De modo que yo voy a salir. Si muero, al menos quiero hacerlo luchando por sobrevivir. –Sentenció Juan.

-Tienes razón. Al menos podríamos abrir la puerta para ver si está despejado el pasillo.

Juan se levantó pesadamente y Robert se incorporó quedándose en una postura agazapada. No se escuchaba ni un solo ruido en todo el hospital. El ambiente era totalmente asfixiante. Juan se acercó poco a poco a la puerta y apoyó la mano en el pomo. Tragó saliva, miro a Robert y este asintió con la cabeza. La tensión era insoportable. A medida que Juan abría poco a poco la puerta, el miedo y el terror se hacia más agobiante. Robert y Juan sintieron un nudo en el estómago cuando la puerta emitió un ligero chirrido que, con el silencio que allí reinaba, parecía un sonido atronador.

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